LA RESPUESTA por Marino Vinicio Castillo - Julio 25, 2010.

Discurso del doctor Marino Vinicio Castillo en el Segundo Symposium contra el Narcotráfico Marítimo en el Continente Americano, realizado este pasado 29 de Junio del 2010 en el Hotel Dreams, en Bayahibe, en la Romana.

Vincho Castillo:

Es difícil imaginar algo más oportuno que esta experiencia del Segundo Symposium contra el Narcotráfico Marítimo en el Continente Americano.

En realidad, lo que nos convoca es una extensa y generalizada convicción de nuestras naciones, organizadas jurídicamente como Estados, de que existe, de manera incontestable, un fenómeno criminal global que ha alcanzado alarmantes niveles de opulencia y destrezas delictivas en capacidad de desafiar y dañar realmente a todas nuestras sociedades en términos jamás vistos.

Estamos aquí reunidos porque todos representamos las trágicas preocupaciones de nuestros pueblos acerca del curso que describe tal desafío, en neto detrimento de sus valores de todo género.

La gentileza del Vicealmirante Homero Luis Lajara Solá, Jefe de Estado Mayor de la Marina de Guerra de nuestro país, me ha traído a participar en el Symposium, entendiendo que podría aportar modestos conocimientos relacionados con la [Evolución y las Nuevas Modalidades del Narcotráfico y el Crimen Organizado en la Republica Dominicana”. Agradezco, pues, el honroso encargo así configurado y tengo la ilusión de ser útil al transmitirles mis impresiones sobre el tema.

Buscaré hacerlo bajo un predicamento testimonial, que tiene como único indicador de certidumbres mi tiempo de vida, que me ha permitido la dedicación tan prolongada a la observación del fenómeno criminal, amparándome inevitablemente en mi segunda naturaleza de abogado, de intenso ejercicio penal durante más de cinco décadas.

Les pido recibir mis palabras con amable comprensión e indulgencia y lo único que se me ocurre, al ofrecérselas, es rememorar aquella advertencia que hiciera la legendaria penitenciarista Concepción Arenal a fines del Siglo XIX: “No hay arte en mi trabajo, ni aspiro que tenga otra belleza que la verdad.”

Desde luego, quiero citar al iniciar este intento de contribuir la frase triste, casi un presentimiento, del más puro soldado de la Independencia Americana, Antonio José de Sucre: “La comisión que llevo tiene espinas.”

Ello, porque no encuentro otra forma de describir la gravedad de los riesgos que entrañan la resistencia y lucha contra el crimen organizado, ya establecido plenamente como industria ilícita transnacional de participación global, que va imponiendo con sus características y variables causales la necesidad de políticas públicas, en base a un enfoque de planificación efectiva.

La República Dominicana resultó predispuesta por la geografía, tanto para favorecer el paso de las gestas mayores, como para las sombrías preferencias del crimen organizado, cinco siglos después.

En el centro del Caribe, como la viera su poeta nacional Pedro Mir, “situada en el mismo trayecto del sol[, se le ha ido colocando como escenario para que gran parte del infortunio del quebranto de la drogadicción, pase por su suelo hacia las naciones de alto desarrollo de América del Norte y de una Europa renacida de las cenizas de la hecatombe de sus guerras inenarrables.

Ahora bien, para abordar la explicación de la presencia de un fenómeno tan peligroso en nuestro medio social, he creído lógico usar un método consistente en ponerle lo que llamo edad del conflicto.

Nuestro caso es propicio para ponerle una fecha a su nacimiento y seguir explicando, desde luego, cómo fue su primera infancia, su adolescencia y su terrible capacidad de daños estructurales una vez llegado a adulto.

Se debe de partir de este punto: en nuestro país no se conocía, ni se tenía una idea aproximada, de lo que era la droga.

Paradójicamente, en el tiempo duro de opresión y privación absoluta de libertades públicas, la noción de droga era rotundamente desconocida. Al llegar, luego, las libertades, las practicas democráticas y el establecimiento del estado de derecho, fue cuando se comenzaron a insinuar las drogas ilícitas en nuestro medio, de modo tal que se podría entender que nacía nuestra infección en el año mismo de 1961 en que se dictaba la Resolución Única de la Organización de Naciones Unidas declarando el narcotráfico Crimen de Lesa Humanidad.

Más aun, se podría señalar un punto de partida más palpable y preciso, si se piensa en lo que sobreviniera cuatro años después de aquel tiempo originario de las libertades públicas.

En efecto, todo pareció arrancar con mayor fuerza con la presencia de ejércitos extranjeros en nuestro territorio, particularmente esgrimiendo el alegato de la contención de un levantamiento patriótico en el cual coincidieran en forma espectacular pueblo y fuerzas armadas, buscando reponer la constitución democrática del año 1963, que había sido desconocida en la loca aventura de un golpe de estado contra un gobierno encabezado por una de las mayores glorias nacionales: Juan Bosch.

Las circunstancias nacionales se transformaron de manera aciaga y dramática. Se intentó convencer al mundo de que en el seno de tal movimiento habría especímenes muy aguerridos del comunismo y que era necesario evitar una nueva “Cuba en el Caribe”.

El paso de los años ha sido el encargado de rendir un veredicto histórico en cuanto al carácter mendaz de aquella imputación, pues el gran líder nacional que fuera maltratado y desconocido sobrevivió largo tiempo, tanto como para fundar otro partido político importantísimo, cuya gente hoy nos gobierna, dando permanentes muestras de tolerancia democrática y de civismo.

Los sucesos de aquella guerra civil del ’65 a que me refiero obraron como un muro de contención para la normalización democrática y no se pudo advertir que, independientemente de lo odioso que resultaba el malogramiento de nuestra soberanía, habría efectos de daños colaterales muy graves. Fue el tiempo en que se produjo la aparición profusa y preocupante de estupefacientes en nuestras calles, al alcance de nuestra vulnerable y estremecida población. Bueno es no olvidar que la resistencia patriótica nuestra encabezada por un glorioso coronel de nombre Francisco Alberto Caamaño Deñó, se producía en el mismo tiempo histórico en que se libraba la trágica Guerra de Vietnam, de cuyos efectos residuales todos tenemos información adecuada.

Claro está, ese fenómeno criminal de la comercialización de la droga se abrió paso lentamente porque era el tiempo en que la oferta esencial de Colombia venia siendo labrada en su crecimiento por los carteles criminales en ciernes.

Lo cierto fue que aquella experiencia de gran desgracia institucional de delicados desordenes públicos a nosotros nos resultaron muy traumatizantes y se vio claramente como se resentía la nación en su inestable equilibrio, al abrirse una etapa de desasosiego de nuestras familias que en forma incesante tendió a evadirse del suelo patrio.

Se produjeron muestras numerosas de desaliento y escepticismo frente al destino nacional, sin que faltara una dramática esperanza de procurar una salida hacia otros lares. Algo que parecía convertirse en impronta nacional. La violencia imperdonable ejercida contra el gobierno constitucional y luego la negación de su restitución tan drástica y obtusa, habían desajustado la nación hondamente.

Sobrevino así un periodo de incesante dispersión y desasosiego y fueron legiones los jóvenes nuestros que se fueron a la aventura de la azarosa emigración, con sus turbadoras cargas de vacios vitales en medio de una desorientación impetuosa y torva.

Como ha ocurrido siempre en otras partes el crimen organizado se puso al frente del manejo de la droga a ser comercializada hacia los grandes mercados y nosotros quedábamos así situados en una sensitiva periferia que durante mucho tiempo sirvió de trampolín para la bifurcación del tráfico hacia América del Norte y Europa.

La característica, ya clásica, de la insidia con que obra el narcotráfico en sus rutas experimentales, no permitió detectar a tiempo, ni presentir siquiera, todo cuanto implicaba su paso por nuestro territorio. Logró agenciarse el descuido colectivo hasta llegar a entender la nación que, aunque aquello ciertamente ocurría, se reducía a la utilización de nuestro territorio como mero tránsito, dado que el valor de la droga era muy alto en los mercados de consumo y que nosotros no tendríamos nunca mayores peligros, porque así lo predeterminaba nuestra pobreza de siempre.

Se esparció el convencimiento consabido de que no calificábamos para ser usuarios de la droga y que eso podíamos agradecérselo a la propia insolvencia de nuestro pueblo. Se dijo, y se llegó a creer, que la insolvencia nos mantendría lejos de la droga, especialmente en la derivación más dolorosa que ésta tiene, que es el quebranto, la enfermedad, la epidemia.

Todo aquello se tornaba más complicado, porque comenzaron a aparecer signos de riquezas pintorescas, algo que se sumaba a las extravagancias de los jóvenes que regresaban, de manera temporal o permanente, gozando de fortunas que no dejaban de tener a los ojos del pueblo, tanto en sus planos de pobreza como en los limitados bolsones de bienestar, un significado ventajoso que nos podría llevar a cierta fase de progreso.

Sin embargo, no es ocioso apuntar que desde la década de los 80 comenzaron a aparecer voces, muy débiles, advirtiendo del contenido de tormenta que todo aquello podría entrañar hacia un futuro mediato.

En todo caso, es oportuno y justo señalar que la comunidad internacional fue la que tuvo a su cargo las primeras campanadas de rebato, cuando se vio que la Convención de Naciones Unidas de 1988, la llamada Convención de Viena, fue seguida de una legislación interna vigorosa, en la que ciertamente predomina un alto contenido interdictorio y policivo de índole ético-jurídica, que se expresara en forma lacónica con la conocida expresión de Cero Tolerancia, tanto para la posesión y el uso, como para el tráfico comercializador de la droga. El famoso enfoque unidimensional que ya viene siendo rebasado por concepciones integrales más abarcantes.

No hace mucho tiempo, en una conferencia expresa relativa a la necesidad de una nueva política criminal, tuve que salir en defensa de la Ley 50-88, nuestra ley orgánica, y puse de relieve la importancia de esa ley al demostrar con un examen meticuloso de su articulado, especialmente de los Considerandos que le sirven de fundamento, que ella no ha sido causa eficiente de nuestros trastornos; que los defectos y deficiencias habría que localizarlos en los encargados de su aplicación; y que el recrecimiento peligroso de la insolencia del crimen, frente al evento penal entre nosotros, no se originaba en carencias de su articulado, sino más bien en una nueva normativa procesal penal hermosísima, garantista en extremo, muy moderna, que el crimen organizado recibió como un estímulo para la sobreseguridad de sus actividades, al quedar sus autores responsables en condiciones de beneficiarse en el mismo nivel de la ciudadanía común de sus garantías.

Esa ley nuestra, que ya tiene 22 años de vigencia, consagraba, no obstante, la verdadera naturaleza del fenómeno criminal al describir sus implicaciones internacionales y, lo que todavía es más importante, su empeño en reflejar las posibles fatalidades de la salud de nuestra juventudes en la hora de una caída en el consumo de magnitudes masivas, que es cuanto ha venido a ocurrir en el presente.

Desde luego, para hablar de tal forma tenía la ventaja de poder atestiguar que un gobernante nuestro, singularmente dotado para el ejercicio del poder, fue quien desechó los motivos y fundamentos dados al proyecto de esa ley, que era una hija directa de la Convención de Viena. Describí cómo aquel gobernante, a pesar de estar avanzada la tragedia de su no videncia, redactó en forma brillante los altos fines de la Ley 50-88. Esto era algo que me permitía, hacer 20 años después, el elogio de aquel visionario que llegara a una muy avanzada ancianidad gravitando en la vida nacional hasta después de su muerte relativamente reciente.

Joaquín Balaguer pensó en aquella ocasión cuanto podría sobrevenir; vio hasta muy lejos en el tiempo y por ello le cito emocionado, como un ciego visionario, verdaderamente impar.

Ahora bien, ¿cómo han sido esos 22 años transcurridos desde el nacimiento de la ley hasta ahora?

Los períodos de administración de gobierno, que habré de citar, han tenido una estrecha relación con las fluctuaciones del tráfico y consumo de drogas en nuestro medio. Claro está, debo echar por delante esta advertencia en el sentido de que no es asunto este que puede ser asumido por las limitadas posibilidades nacionales o insulares, si se quiere, con que contamos. Ello implica que hay que hacer observaciones, en paralela, de cosas ocurridas en los escenarios fundamentales, desde la producción, el tránsito, la comercialización y el regreso sombrío de sus riquezas.

Para nosotros resulta indispensable conocer la naturaleza de los esfuerzos contenidos en el Plan Colombia y en la Iniciativa Mérida, puesto que han influido en forma dramática en la agravación de nuestro trastorno, al tiempo que han servido para mejorar el desempeño de la interdicción en las rutas centrales y proverbiales.

Asímismo, es necesario examinar periodos de administración de gobierno, tanto nacionales como en Norteamérica, porque la trama abstracta, contínua y transnacional del crimen organizado, para nosotros resistirla y afrontarla, hemos tenido que depender de una Voluntad Política Superior en nuestro medio, así como del énfasis mayor o menor (vigente o desvanecido), de cuatro gobiernos norteamericanos que han tenido necesariamente a su cargo obligaciones de cooperación y asistencia, en algo que yo he definido, con toda la implicación jurídica que esto encierra, como la pro-tutela logística con que contamos en un principio, perdimos luego y ahora, por fortuna, reaparece ya en el tiempo del Presidente Barak Obama.

La Voluntad Política Superior nuestra la he dividido en cinco períodos: 1986-1996; 1996-2000, 2000-2004; 2004-2008 y 2008-2010.

Retengamos esos períodos de gobierno y pongámosles nombres propios a los mismos: Joaquín Balaguer, Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Leonel Fernández, otra vez (dos períodos).

Pero no nos detengamos ahí y correlacionemos lo nuestro con las versiones de gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica: 1986-1992, Reagan-Bush padre; 1992-2000 Bill Clinton; 2000-2008, Bush hijo; 2008-2010 Barak Obama.

Los primeros períodos hasta el 1996, los propósitos de ambas naciones y sus gobiernos fueron coincidentes y la cooperación que brotaba de esa pro-tutela logística era una realidad que contribuía a mantener considerablemente estabilizadas las instituciones con responsabilidad en el área.

En el período 1996-2000 una coincidencia brillante de propósitos: Leonel Fernández – Bill Clinton, que blindaba los esfuerzos conjuntos.

Período 2000-2004, gobierno Bush hijo, preciso es reconocerlo, afrontando el hecho tremendo del ataque del terrorismo internacional del 11 de Septiembre, descuidó las urgencias de la región del Caribe en cuanto a nosotros concierne, coincidiendo esta ausencia virtual con una falta de conciencia rotunda de la voluntad política superior que nos gobernaba, en cuanto a las complejidades terribles que implicaba hacerse permisivo con el aposentamiento del crimen organizado, de forma tal que se podría considerar un miniparaíso, al grado de que se le construyó pista de aterrizaje para sus operaciones y se le llegó a aprobar un préstamoo de doscientos cincuenta millones de dólares que suministraría una compañía de nombre La Cruz del Sur¿¿¿, nada más y nada menos que para construir diez mil viviendas militares, todo mediante contrato aprobado por el Senado de la República, donación de tres millones de tareas de los predios azucareros del Estado a las Fuerzas Armadas, para que se llevara a cabo el proyecto.

La contraparte del Estado Dominicano fue Franklin Jurado Rodríguez, egresado de Harvard, extraditado de Luxemburgo a Estados Unidos, condenado a diez años por dirigir las políticas financieras más sofisticadas del Cartel de Cali.

En cuanto al período 2004-2008, persistió la ausencia de la pro-tutela logística y del apoyo y al regresar al poder Leonel Fernández encontró una situación nacional diametralmente diferente a la que dejara en el 2000 al abandonar el poder, con un altísimo grado de infiltración del crimen organizado y sus capitales en muchos estamentos de la sociedad y muy sensiblemente afectadas las instituciones tutelares del país garantes del orden público, la soberanía y la integridad territorial.

El esfuerzo para revertir ese estado de cosas es lo que está en curso, pero no fue posible avanzar mucho en el tiempo en el que no teníamos el hombro norteamericano ofreciéndonos su respaldo de otros tiempos.

Período 2008-2010, llega la administración de gobierno demócrata y el Presidente Obama y se hacen palpables las diferencias cualitativas de las actitudes del poder norteamericano en relación a nuestra desgracia. De ello hay muestras importantes, ya en curso, como la que hemos estado recibiendo en ocasión de la Conferencia Seguridad del Caribe de EEUU¿¿¿¿, algo que ha servido para que nosotros pudiéramos reclamar, en el seno mismo del poder norteamericano, una restitución progresiva del respeto que se nos debe.

Pienso que en la reunión de Washington celebrada el pasado 29 de mayo en el Departamento de Estado hubo dos cosas que en mi modesta apreciación conmovieron a las autoridades norteamericanas. Primero: el esfuerzo sobrehumano, más allá de nuestras posibilidades como Estado. Invertir noventa y cuatro millones de dólares en ocho aviones Super Tucano, así como treinta y cuatro millones de dólares en una licitación destinada a adquirir los radares necesarios para nuestra costa sur, tan perforada por los vuelos criminales de la droga.

Si se quiere tener una prueba inmediata y clara, inequívoca, de esta última afirmación, basta citar este dato y hablo en presencia de gente experta que desempeña responsabilidades de mandos navales importantes en sus respectivas armadas. De trescientos cincuenta y cuatro vuelos cargados de droga que se produjeron de 2005 a 2008, solo fue posible proveernos apoyo en nueve oportunidades que se enviaba un helicóptero Black Hawk¿¿ que resulta efectivísimo para dar apoyo a los cuerpos de task-force que hemos implementado.

Segundo: La otra circunstancia que pienso que pudo conmover al poder norteamericano fue el planteamiento que hicimos en cuanto a las proporciones inconcebibles y desgarradoras de los daños sanitarios que ha recibido nuestra población, fruto de esa desatención inexplicable, que solo sirvió para aumentar nuestras debilidades e indefensiones.

Ahora, este Symposium fortalecido por la presencia de representantes de armadas de pueblos hermanos en procura de aumentar la cuestión del esfuerzo conjunto multinacional, es la prueba más convincente de que hemos llegado al tiempo de la esperanza.

¿Por qué mi insistencia en vincular esas administraciones de gobierno y mencionar esas cosas, que podrían resultar ásperas recriminaciones?. Por múltiples razones, a saber:

a) Somos tercera frontera de Estados Unidos, siempre que se coloque a Puerto Rico como punto de ingreso al mercado mayor de consumo.

b) Tenemos más de un millón de nacionales nuestros radicados en Estados Unidos y sus remesas sanas son importantes para nuestra economía, así como han sido siniestramente desastrosas las riquezas, ya mayores, menos folclóricas, de las cuales hablara hace unos momentos. Riquezas más bien opresivas e intimidantes, que han sabido propiciar aberraciones criminales crecientes y diversas, algunas de ellas totalmente desconocidas en nuestro medio, como el secuestro y el sicariato.

c) En fin, no creo que sea enteramente válido imputar a esa ausencia a que me he referido de la totalidad de nuestros traumáticos contratiempos. Pero, lo cierto es que el crimen organizado fue tomando espacio en forma alarmante durante ese tiempo y los estragos han sido muy severos en las estructuras sociales, políticas, militares, policiales, comiciales, empresariales, comunicacionales, etc., de forma tal, que este propio evento de symposium puede servir para mostrar la gravedad de las circunstancias que nos asedian.

Este Symposium es una prueba irrefutable de que los mares nuestros van a ser vigilados y controlados con mayor rigor y con intensidad montada en los mejores esfuerzos de colaboración y cooperación entre las armadas de nuestros países.

Qué bueno! Nuestros pueblos esperan mucho de su gente de mar. De ese mar de hoy tan complicado por la navegación de tantos barcos contenedores, lanchas y naves de todo tipo que en el ámbito azaroso de la globalización y al amparo del desvanecimiento de tantas regulaciones, por obra de ella el crimen no ha desperdiciado la oportunidad de hacer un uso insolente de sus nuevas posibilidades.

Pero bien, debo hacer una media vuelta y volver a referirme a la inocente indefensión del pueblo nuestro, que no fue capaz de reaccionar ni advertir cuánto se le venía encima como desdicha.

¿Cuándo ha comenzado a salir del descuido la conciencia pública nuestra para caer en cuenta de la verdadera índole del conflicto? Ocurrió que en la medida que se fuera endureciendo la interdicción en las rutas centrales, los carteles variaron considerablemente la forma de pago en el trato del tránsito.

El pago en naturaleza se hizo presente y así, una droga que los operadores de campo locales no podrían enviar a los grandes mercados, comenzó a abrir un mercado de consumo nacional. Hemos ido viendo riquezas abruptas, sorprendentes, en capacidad de motorizar fuerzas de la economía y, pese a las enormes distorsiones que acarrean, podrían ya participar en el desarrollo de una colectividad consumidora.

A partir del año 2000 comenzó a quedar mucha droga en nuestro país. Proliferaron los llamados puntos de drogas y el microtráfico fue inficionando adolescencia y niñez, quedando los jóvenes ya formados muy expuestos a las tentaciones del uso, a la participación en violencias criminales, muchas de ellas originadas por las ansiedades tremendas de procurar la nueva dosis, al tiempo que se han incorporado en verdaderas gangas depredadoras, capaces de atacar la seguridad individual y familiar y de turbar gravemente la paz de las comunidades.

Es ahí cuando la nación ha podido ver el otro rostro del crimen. Cuando le pega a la familia la adicción súbita de alguno de los suyos, la familia se desarticula y desorienta. Y ésto ha llegado a términos amenazantes de fractura y de anomia.

Enhorabuena, pues, llegan ustedes a nosotros cuando más los necesitamos. Créanme, en este campo podemos estar en cierto grado de naufragio.

Al acercarse el final, quiero dejar dos inquietudes que podrían favorecer el alcance de su comprensión del gravísimo trastorno nuestro.

Todos estamos llevando a México más adentro del corazón como dolor y sobresalto. Su lucha valerosa y el compromiso de sus mejores hijos está asombrando al mundo al irse desnudando en toda su magnitud lo que han significado sus carteles criminosos. Particularmente, nos mueve a mucho asombro la violencia de la frontera norte.

Es obvio que ahí es donde tiene que estar concentrada la conflictividad criminológica mayor: drogas, armas, tráfico de ilegales, demanda y oferta sostenidas de droga, que constituyen un espeso compost de muerte y violencia, en capacidad de turbar gravemente a una nación tan brillante y querida.

Nosotros tenemos una frontera que al entender colectivo nuestro no se le ha visto nunca como tal. Se ha quedado la percepción pública en la versión de frontera terrestre. Y no es que ésta ha dejado de ser traumática y peligrosa en la cuestión relacionada con el tráfico de drogas, dado que todos sabemos que el crimen organizado en la Isla de Santo Domingo se aposentó primeramente, en forma más masiva, en el oeste y ahora está decidido y determinado a hacerlo en la parte este que nosotros habitamos.

Lo que ocurre es que esa frontera nuestra, que no hemos percibido como tal, es la tercera frontera de los Estados Unidos, según apuntara. Y este no es un dato cualquiera; no es un aspecto marginal que puede permanecer fuera de la observación y del estudio de quienes vamos viendo cómo, en el área donde el desarrollo turístico nuestro es mayor y se realizan inversiones importantísimas en infraestructuras turísticas y afluye la mayor cantidad de extranjeros, particularmente procedentes de Europa, el Estado ha ido perdiendo espacios y presencia en esta zona tan vital para las operaciones del narco en su empeño por colar sus propósitos de tráfico hacia el mercado mayor.

Quiero con ello decir que en este territorio de frontera marítima especial se advierte un crecimiento preocupante de la criminalidad y han aparecido versiones ominosas de bandas y grupos ya conectados con verdaderas expresiones de carteles que operan en Puerto Rico. Las pruebas mas potentes están en curso.

Ocurre todo esto en una zona donde se advierte la debilidad miedosa del aparato judicial, cada vez más vacilante frente a la presencia opulenta del crimen. A todo ello se agregan las vulnerabilidades de las playas y de la mar litoral.

Es previsible, pues, que los mayores y más graves sucesos de violencia criminal tengan a muy corto plazo el escenario de esta fascinante región nuestra. Los hombres de la mar tienen que responder con honor y lealtad a las esperanzas de su pueblo, de que no perderemos el control de nuestros espacios soberanos y que se impedirá drásticamente que el narco se haga cargo de esos espacios territoriales que tan sensitivos resultan a los cuidados de nuestra soberanía y de la integridad de la paz nacional.

La otra observación que quiero hacerles se refiere a un aspecto que está en el centro del debate general sobre los medios efectivos de combatir al crimen organizado y la droga como generadora de riquezas descomunales, que saben exhibirse de tal forma que parecen empeñadas en hacer la prueba de una impunidad inalcanzable.

Esta región no puede ser un refugio de grandes criminales y de capitales oriundos del crimen internacional, sin que la República no sufra daños inmensos, que podrían desnaturalizarla para siempre como un Estado digno de respeto de la Comunidad Internacional, la cual jamás podría llegar al convencimiento de que nos hemos rendido frente a ese fenómeno global, social, contemporáneo y de carácter internacional que es el crimen organizado, manejador de la droga y sus riquezas para ultraje del mundo.

Esta patria nuestra ha de seguir como la forjaran sus fundadores, por la cual han sucumbido millares de héroes y mártires. Jamás podría ser el puerto libre que se ha propuesto en convertirla el crimen organizado.

Hay la necesidad, pues, de fortalecer el marco jurídico existente, tanto en el plano nacional, como en el internacional, a fin de activar y mejorar los mecanismos que resulten más apropiados y eficientes para enfrentar este tipo de trastorno.

En mi opinión personal, ese fenómeno criminal del narcotráfico internacional ha tenido sus cúpulas de dirección hazañosa y no se le ha reconocido ningún otro temor que no sea el de la utilización de un mecanismo que, si bien es cierto es muy antiguo, tiene en la actualidad atractivos formidables, casi como para declararlo imprescindible.

Es una noción jurídica que ha servido a los Estados para celebrar tratados y acuerdos apoyándose en nociones del derecho penal interno y del derecho publico internacional. Me refiero a la extradición.

Esa extradición, en nuestro caso, es indudablemente necesaria porque hemos llegado a un grado de poder y dominio del crimen organizado que nuestro aparato judicial luce intimidado, impotente, sin claras determinaciones de compromiso para ejercer, tanto la persecución y el juzgamiento en una forma justa y legal, pero tan eficiente que resultare impresionante y disuasoria frente a los que participan, en el grado que sea, en ese negocio repugnante y terrible de hacer riquezas inmensas a costa del sacrificio de la desgracia y el hundimiento de millones de seres desventurados, triturados por la adicción y el consumo.

A lo único que teme el narcotráfico internacional en sus mandos es a un proceso de extradición que les lleve ante jurisdicciones de alta resistencia, particularmente a las cortes de los Estados Unidos de Norteamérica.

Yo he propuesto muchas veces una acentuación de esos esfuerzos como obra de la política criminal internacional y he llevado el asunto tan lejos como para proponer desde el año 1999, en el propio Departamento de Estado, en trabajos conjuntos y febriles que realizábamos con gente de la importancia y categoría de un Barry McCaffrey y de una Janet Reno, la construcción en nuestro país de una cárcel de alta seguridad y la concertación de un acuerdo bilateral de terminación de cumplimiento de condena, como el que nosotros tenemos con Colombia y con España, a fin de evitar el goce de las riquezas resultantes de operaciones de narcotráfico, casi como una actividad lícita, en condiciones de adueñarse de tantos estamentos sociales, políticos y económicos de nuestro medio.

En suma, lo que busco, ya en mis ultimas palabras, es pedir vuestra benevolencia por escucharme y decirles que me siento emisario de mi pueblo para allegarles a ustedes su gratitud por esta presencia generosa, tan auspiciosa, tan promisoria, tan capaz de encontrar patrones de cooperación y asistencia entre nuestras armadas, que necesariamente nos ayudarán para liberarnos de estos grandes peligros, de estos enormes miedos que se han ido imponiendo con irrespeto a las normas, a las costumbres, a las creencias, a los valores nuestros.

Finalmente, en una Conferencia que dictara para una promoción de oficiales de nuestra Marina de Guerra que se graduaba, les dije el 16 de diciembre del año 2008, tiempo de deprimentes tribulaciones que ya han sido considerablemente superadas, algo que quiero repetir ante todos ustedes, porque creo que es una exhortación que cabe para todos aquellos comprometidos en salvaguardar a sus patrias.

“La patria, siempre generosa, aguarda por el honor de sus hombres de la mar. Ellas les premiará con la admiración de siempre, pero solo cuando recobre su fe y salga del espanto de las deplorables experiencias de estos tiempos de borrasca que parecen echarla a perder.

No aguarden que amaine la tormenta por el paso de los días, sepultureros de sucesos y noticias.

Los peligros están ahí en curso, con furia y sólo les puede acorralar el coraje de ustedes que jamás deben de abandonar el campo de la ley y el orden, cuya derogación busca afanosamente la canalla del crimen.

Insisto, no es bonacible el tiempo. Busquen sus trajes de tormentas y digan presente en las arduas y filosas vicisitudes que nos quieren disolver dentro de un gran desorden criminal.

La patria sabrá cómo reconocer sus abnegados esfuerzos. No hay tiempo que perder. Enfrentad el desafío y Dios sobre todas las cosas se encargará de ir tejiendo la inmensa gratitud del pueblo para que se pueda decir, según se dijera en ocasión de la batalla de Londres: ‘¡Nunca tantos debieron tanto a tan pocos! Su gracia habrá de concurrir con sus esfuerzos por rescatar la mística pública al garete. Y sólo ese sería el tiempo de la buena mar que tanto necesita el progreso nacional.’

Esas son las proporciones de sus cometidos y esa es la inmensa dimensión de la esperanza de nuestra generosa y sufrida madre patria.”

Muchas Gracias.

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