Rufus aterrizó en nuestra puerta hace tres días.
No es el primer gorrión que crece entre mis manos: Pascualito vive en casa desde hace más de un año, aunque él es distinto, tiene una "discapacidad" que le impide desplazarse con precisión, por decirlo de alguna manera.
Rufi, sin embargo (Rufino o Rufina, el tiempo dirá...) es un portento de dotación genética; ¿cómo puede caber tanto instinto en tan poca cosa?
Me temo que habrá más testimonios para comprobar su evolución.
¡Vivan los gorriones!
:-)