Los secuestros que no importan. Crónica de Óscar Martínez.

Noviembre de 2008, estados de Veracruz, Tabasco y Oaxaca.

Con el gran problema nos topamos al principio. El primer reporteo que realizamos cambió de golpe el año que teníamos por delante. Ya no solo eran –ni son– tiempos de asaltos y de violaciones en parajes alejados de todo. Ya no se trata solo de mutilados. Los machetes dieron paso a los fusiles de asalto; los rincones en el monte, a casas de seguridad; los asaltantes comunes, a Los Zetas; los robos, a los secuestros. El panorama ha cambiado, pero las autoridades son las mismas y los migrantes siguen sin importar.

Llovía en Tenosique cuando El Puma y sus cuatro pistoleros recorrían las vías del tren y exigían dinero a los migrantes que buscaban viajar como polizones. Era un viernes de finales de octubre. Las inundaciones por las lluvias torrenciales de los días anteriores habían retrasado el paso de ferrocarriles, y unos 300 indocumentados se amontonaban en las lodosas márgenes de los rieles. 
El Puma es un hondureño de unos 35 años, con una 9 milímetros en el cinto y un fusil de asalto AK-47 colgado de su hombro. Sus acompañantes, también hondureños, lo acuerpan con un machete y un “cuerno de chivo” cada uno, nombre con el que en México se conoce al AK-47. Tenosique, estado de Tabasco, a unos 30 kilómetros de la frontera que divide a Guatemala de México, entre selva y selva, entre el Petén y Lacandona, es propiedad de El Puma. “Trabaja para Los Zetas”, dicen los que se han topado con él. Para subir al tren hay que pagarle. Quien no paga no viaja. Quien se resiste se las ve con él, sus escoltas, sus machetes y sus ráfagas de plomo. 

La mayoría pagó. Los que no tenían dinero se retiraron a pedir limosna al pueblo. El Puma pidió por radio al maquinista que parara y se acercó a darle su parte mientras los migrantes se acomodaban en el techo o en los balcones que hay entre vagón y vagón. En el del medio se ubicaron los cuatro polleros, guías para los indocumentados que pueden costeárselos, con unos 20 clientes. La mayoría de los que se subieron al gusano de metal eran hondureños, con una significativa presencia también de guatemaltecos y salvadoreños. Los nicaragüenses se podían contar con los dedos de una mano. Salvo los 20 del vagón central, todos viajaban a su suerte, sin pollero. Aún llovía.

La máquina avanzó, dejó atrás Tenosique y se internó en la selva, solo a veces interrumpida por rancherías de ganado. Lejos de los pueblos y de las carreteras. 
En Pénjamo, una de esas rancherías, el viaje empezó a empeorar. José, un salvadoreño de 29 años, fue el primero en ver cómo ocho hombres aprovecharon la lenta marcha del ferrocarril para subir. “Tranquilos –dijeron al grupo de José–, nosotros también vamos para el Norte.” Pero José concluyó que le habían mentido cuando vio que, tras descansar unos minutos, cuatro de ellos sacaron pistolas 9 milímetros, los otros cuatro desenfundaron sus machetes y todos se encajaron sus pasamontañas. 
“Adiós”, dijeron. Dejaron en paz a los salvadoreños y saltaron al siguiente vagón para asaltar a sus ocupantes. Cuando los encapuchados llegaron al cajón de Arturo, un cocinero nicaragüense de 42 años, ya llevaban con ellos a dos muchachas que pretendían secuestrar. Arturo se fijó en una de ellas porque era de piel blanca. Le pareció bonita. A la otra no pudo verla bien.

Tapachula, Tenosique o Ciudad Hidalgo, todas ciudades fronterizas del sur de México, son puntos de prostitución forzada. Sus burdeles, donde un balde con seis cervezas puede costar 60 pesos (6 dólares) e incluir un baile sobre la mesa, están repletos de centroamericanas que callan cuando se les pregunta por qué están ahí. 
El primer muerto fue un hondureño que viajaba con Arturo. Iba en el balcón, y desde el techo le pusieron una pistola sobre su cabeza. Entregó cien pesos a los hombres con pasamontañas, pero uno de ellos desconfió, bajó al balcón y lo revisó. La malicia le costó la vida. Le encontraron dinero en un calcetín. “Listo el hijueputa”, sentenció el que apuntaba antes de atravesar de un tiro la nuca del migrante que, ante lo inminente, se había volteado para cubrirse.

El siguiente vagón era el de los polleros. Hubo silencio durante unos minutos. Luego, balacera. Unos 15 minutos de detonaciones. Polleros contra asaltantes. Los polleros habían entregado dinero, pero se negaron a dejar la mujer que les pedían. Un cuerpo con pasamontañas cayó del tren que había disminuido su velocidad. Los demás bajaron a asistirlo, a pesar de que el hombre parecía muerto cuando rodó por el desnivel de las vías. Nadie sabe qué pasó con aquella muchacha que a Arturo le pareció bonita ni con la otra. Los polleros ganaron una batalla.

La revancha fue en Palenque, unos 50 kilómetros al norte de Pénjamo. Cinco de los asaltantes volvieron por la migrante. Mataron a otro hondureño de nuevo en el vagón de Arturo. Sin razón alguna. Lo rajaron de un machetazo en el estómago y lo lanzaron del tren, mientras repelían el fuego de los polleros. Dejó de llover durante la segunda batalla, que fue también ganada por los guías.
Los asaltantes se movían rápido. Lograban adelantar en vehículos a un tren que va a unos 70 kilómetros por hora en los tramos deshabitados. Pero la marcha del ferrocarril no ayudó. Los motores se pararon en una zona conocida como La Aceitera, media hora después del segundo tiroteo. La oscuridad de la noche se interrumpía por la luz amarilla de los faroles del pueblo. La locomotora juntaba la nueva carga y el sonido de herrumbre completaba el ambiente. Todos los migrantes estaban de pie, volteando la cabeza, mirando hacia todas partes. Entonces se reanudó el intercambio de balas, los polleros cedieron el vagón y la muchacha en manos de los encapuchados, que se internaron con ella en el monte. El botín hizo que se confiaran y dieron la espalda al tren. Pero los polleros también saben arremeter: mataron a un segundo asaltante, recuperaron a la mujer, abordaron el ferrocarril antes de que acelerara y minutos después se bajaron con el grupo completo. Abandonaron el tren para buscar otra forma de seguir. Era obvio que los asaltantes volverían.
Y volvieron. En Chontalpan, unos 30 kilómetros más al norte. Y regresaron reforzados. Tres camionetas blancas acapararon la vía: una delante del tren, atravesada en los rieles; otra en el medio, recorriendo la máquina de punta a punta por un costado; y la tercera obstruyendo atrás. Volvieron a un tren sin polleros y se desquitaron con los que quedaban. “Eran Los Zetas”, afirma Arturo. “Eran Los Zetas”, afirma José. “Eran Los Zetas”, afirman otros tres que estuvieron ahí. 

El tren se vació. Cientos de personas corrieron a los potreros a esconderse, mientras unos 15 hombres armados intentaban cazarlos. Durante la estampida al menos un migrante cayó atravesado por un disparo. Varios fueron heridos. Tres mujeres estaban ya encañonadas adentro de una de las camionetas. La venganza terminó. Los vehículos se fueron. El tren se puso en marcha, y los migrantes lo volvieron a abordar para dirigirse hacia Coatzacoalcos y luego hacia Tierra Blanca, ambas ciudades en el Estado de Veracruz. Territorio de Los Zetas, zona de secuestros masivos. Aún les faltaba lo peor.

EL OTRO NEGOCIO DE LOS ZETAS
La historia del tren que partió de Tenosique es un libro de instrucciones para quien sepa leer entre líneas. En él se describen las claves que de un tiempo para acá han particularizado este tramo como la zona más caliente en medio de un recorrido total que nada tiene de amable. 
Los defensores de los migrantes que viven en estos puntos de paso ruegan alarmados que alguien haga algo. Gesticulan, piden que se apaguen las grabadoras, que se guarden las cámaras, y describen lo que ahí todos saben: decenas de indocumentados centroamericanos son secuestrados a diario por Los Zetas y sus aliados, a plena luz del día, y son confinados en casas de seguridad cuya ubicación muchos conocen, incluidas las autoridades locales.

La lógica comercial es sencilla: más vale secuestrar durante unos días a 40 personas que paguen entre 300 y 1,500 dólares de rescate cada uno que a un gran empresario que entregue en un solo monto la misma suma, pero donde se corre el riesgo de llamar la atención de la prensa y de la policía. Autoridades nacionales, como la Quinta Visitaduría de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), encargada de la migración, admiten la gravedad del problema.

Estos son los secuestros que no importan. Estas son las víctimas que no denuncian. Estos son los secuestradores a los que nadie persigue. El Gobierno mexicano en lo que va del año tiene registro de que 650 personas han sido plagiadas. Pero ese es tan solo el número de casos en los que alguien ha pedido ayuda. Un recorrido por la ruta convierte el dato lanzado por el Gobierno en un mal relativo. No es una exageración afirmar que solo en uno de los puntos de plagio de migrantes, en cualquiera, en un mes se rebasa la cifra oficial de secuestros de todo el país. En los primeros seis meses de 2009 personal de la CNDH visitó estas zonas y recogió testimonios de indocumentados secuestrados. Reunieron casi 10,000 de esos relatos de viva voz de quienes los sufrieron. La misma CNDH aseguró que si hubieran tenido más personal, la cifra se habría duplicado o triplicado.
A los migrantes nadie los espera a ninguna hora. A veces pasan más de una semana sin conseguir dinero para dar un telefonazo a sus familiares. Transitan por donde menos autoridades hay. Casi nunca denuncian porque temen ser deportados. Son como un conejo cojo a la vista de un halcón.

Del viaje del tren donde hubo cientos de asaltados, donde hubo al menos tres muertos y varios heridos y tres secuestrados no se escribió ni una letra en ningún periódico. Nunca llegó ni la policía ni la Fuerza Armada. Nadie ha puesto ninguna denuncia. 

Tenosique, como punto de partida; Coatzacoalcos, Medias Aguas, Tierra Blanca, Orizaba y Lechería como sitios neurálgicos, y Reynosa y Nuevo Laredo, fronterizas con Estados Unidos, como último peaje, componen la ruta de los secuestros. Todas, menos Lechería –donde el tren se desvía hacia el interior del país–, son ciudades cercanas a la costa atlántica, todas dentro del dominio de Los Zetas, según el mapa del crimen organizado trazado por la División Antinarcóticos de ese país.

En cadena descendente, desde los despachos en la capital mexicana hasta los albergues del sur, lo que pasa está dicho, para quien lo quiera escuchar. “La situación del migrante viene complicándose. Es alarmante. Se multiplican los testimonios de los secuestrados. Ocurre a plena luz del día, a grupos grandes. Llegan con armas, secuestran a algunos. El Estado mexicano es responsable de la integridad y la vida de quienes se encuentran en su territorio. Hemos hecho llamados enérgicos. Es increíble que esto siga pasando”, se queja Mauricio Farah, encargado de esa visitaduría.

El reconocimiento existe de parte de la CNDH, y se lo ha hecho saber al Estado, pero las autoridades prefieren señalar al otro, negar o callar. Eso a pesar de que decir secuestro a estas alturas no es decir mucho. La red que permite esto es una telaraña compleja de conexiones, donde hasta los polleros se han visto sometidos. 

UN IMPUESTO PARA POLLEROS
Quien cuenta detalles pide siempre algo a cambio: otro nombre. Aunque la entrada ilegal a Estados Unidos es el fenómeno migratorio más grande del mundo, aunque cientos de miles de centroamericano atraviesan México cada año –el Instituto Nacional de Migración atrapa a cerca de 250,000 al año–, los animales del camino se conocen: Los Zetas con polleros, polleros con asaltantes, asaltantes con encargados de albergue y encargados de albergue con autoridades. 

Ismael –nombre ficticio– es de la región, trabaja desde hace dos años en un albergue, y antes tuvo un empleo que le obligó a conocer cómo opera el crimen organizado. Busca con la mirada una mesa alejada de todos y la señala: “Hablemos ahí, es que los informantes de los grupos que secuestran van infiltrados como migrantes, y muchas veces son centroamericanos. Escuchan y preguntan a los migrantes si tienen familia del otro lado, si tienen quién les pague el pollero en la frontera”. 

—¿Qué te puedo contar? –pregunta.

—Tengo ocho testimonios de secuestrados en diferentes puntos, y todos dicen que sus secuestradores se han identificado como Los Zetas. ¿Lo serán de verdad?”

—No necesariamente. La cosa es así: nadie puede decir que es zeta sin permiso de ellos, pero no necesariamente lo son. Muchos son delincuentes de la zona que trabajan para ellos, controlan que los polleros hayan pagado la cuota.

Mantiene el gesto serio de siempre. Lo conozco desde hace varios meses. En su rostro parece que solo los labios se mueven. La algarabía del albergue no lo perturba. Un grupo de migrantes se baña, otros lavan ropa, algunos juegan fútbol y las máquinas del tren chillan en las vías mientras acomodan la carga. Ismael sigue impávido, pero se da cuenta de todo. Por momentos, sin dejar de hablar, mueve los ojos y sigue con la mirada a un indocumentado. Es normal que sea tan seco de maneras a pesar de que converse acerca de secuestradores, de una gran banda criminal. Convive con ellos y sus víctimas desde hace dos años. Incluso ha esquivado las balas de algunos que intentaron matarlo cuando los persiguió en vehículo para rescatar a una nicaragüense raptada.

—¿Qué cuota?

—Es que esto viene desde arriba, desde la frontera norte, por el lado de Tamaulipas (donde se encuentra Reynosa). Entiendo que ahí está alguien conocido como El Abuelo, que es quien controla a todos los polleros que quieran pasar por ahí, y él ha hecho negocio con Los Zetas. Entonces, él paga una cuota para que sus polleros puedan circular en esta zona y llegar a Reynosa. Y necesitan gente que esté viendo que quien no pague no pase.

—¿Y los secuestros?

Un indocumentado se acerca a recoger su mochila, que está en la mesa. Ismael calla y lo mira de reojo. Espera hasta que el intruso se va y entonces responde.

—Empezó como algo contra los polleros que no pagaban. Les quitaban a sus pollos y, ya que los tenían, pedían rescate a sus familiares en Estados Unidos por medio de un depósito rápido en Western Union u otra empresa de esas. Y luego se hizo costumbre y empezaron a agarrar a migrantes que vienen solos.

—¿Cuándo empezó?

—Desde mediados de 2007 nos empezaron a llegar testimonios. 

Al final de la conversación, Ismael insiste en que algunos polleros conocidos suelen pasar cerca del albergue.

—Ellos te pueden contar con detalle.

Atardece y todo se pone de color naranja cuando aparece un pollero. Ismael me advierte de su presencia. Los tiene controlados, los conoce y observa sus movimientos, pero no puede presentármelo. Una relación de confianza entre encargados de albergues y polleros es algo que suele verse muy sospechoso. Sin embargo, allana el camino para que alguien más me lo presente. 

—Entonces, ¿eres periodista? –me pregunta el pollero mexicano.

—Sí, y sé que hace seis meses estuviste secuestrado por Los Zetas en Tierra Blanca. Solo quiero que me lo contés, no me digás tu nombre.

Señala con la mirada y con un movimiento de cabeza un tronco que está bajo un árbol de mango, me invita a que vayamos. El tronco está a unos 20 metros de las vías, en un predio baldío, y hay que saltar una pequeña cerca de alambre para llegar. Nadie pasa por aquí. Nos sentamos.

—Ya solo subo gente por la ruta de Tapachula (más cercana al océano Pacífico), porque del otro lado están Los Zetas y ya me agarraron.

—De eso quiero hablar.

—Es que uno tiene que tener un patrón en el Norte, para trabajar, pero esa vez yo traía el celular descargado; entonces me detectaron, me agarraron y me subieron a la camioneta. Llevaba a seis personas. Me dijeron que para quién trabajaba. Lo dije, pero no me creyeron, y empezaron a torturarme, a apagarme cigarros en la espalda.

Cuando se convence de que nadie nos mira, se levanta la camiseta blanca y sucia. Seis cicatrices redondas en la espalda baja son la evidencia de que no miente. 

—¿Qué pasó luego de que te torturaron?

—Me pidieron dinero y tuve que darlo, porque si no, me quitaban a la gente, y era gente conocida, gente de confianza, dos guatemaltecos y cuatro salvadoreños de Santa Ana. Si no pagaba, los secuestraban y los torturaban. Al que dice que no tiene nadie que pague por él lo calientan, sé de gente a la que le cortaron dedos y orejas. Y a muchos los matan.

—¿Y cómo sabés que eran ellos?

—Se dice que no lo son, que son bandas de delincuentes que trabajan para ellos. Los verdaderos Zetas controlan desde la frontera norte.

Asegura que se enteró de esto en enero. Si es así, este pollero y los agentes de la División Antinarcóticos de Estados Unidos se dieron cuenta al mismo tiempo. En el informe publicado ese mes, se reconoce que esta organización criminal cobra derecho de piso a los coyotes en sus zonas. 

—Y tu patrón, ¿qué habría hecho si hubieras hablado con él?

—Paga para que te suelten.

—Entiendo que estos patrones tienen contacto con Los Zetas, como el famoso Abuelo.

—He oído hablar de él. Controla la zona de Nuevo Laredo y Reynosa. Es que el patrón paga impuesto. Están también El Borrado, Don Toño y Fidel. Te arriesgas mucho como pollero. Porque si el patrón no reporta que ahí vas, te tablean todo, te madrean, te secuestran, si es que no te matan. Ha habido muchos muertos. A uno lo mataron en Coatzacoalcos, y a Rigo en un lugar llamado Las Anonas, los dos polleros. Los que controlan van en el tren, y muchos son centroamericanos. El que a mí me delató era hondureño. Se subió al tren en Medias Aguas (entre Coatzacoalcos y Tierra Blanca).

—¿Cómo funciona? ¿Cuánto paga el patrón?

—Paga 10,000 dólares al mes, y tiene que avisar cuando tú vas que trabajas para él y cuántos pollos llevas. Entonces no te hacen nada. Esto empezó el año pasado, empezaron en Coatzacoalcos, y entraron a Tierra Blanca a principios de enero, porque saben que ahí se juntan las dos rutas (la que viene por la costa atlántica y la que viene por la zona céntrica, más cercana al Pacífico).
Es un atajo de nervios. Hace muecas, no para de mover las manos y los pies. Muchos polleros son adictos a la cocaína, anfetaminas o a pastillas con cafeína que utilizan para mantenerse activos en las noches en vela.

—¿Y la policía de esos lugares?

—¡Están conectados! Esa vez que me levantaron a mí y a otra gente, la policía estaba viendo y no hizo nada. Después de eso no trabajo para nadie. Por eso ya no estoy pasando gente, porque si me ven, me van a matar. 

COATZACOALCOS 
Unos 25 indocumentados están dentro del albergue de la iglesia. La mayoría descansa en los camastros, unos pocos lavan ropa y los menos dejan pasar el tiempo sentados y con la mirada clavada en la nada. Casi todos se han rendido. A las 10 de la mañana ya había 15 anotados en una lista para que Migración llegue a traerlos y los repatrie. Casi todos vinieron en el mismo tren que trajo a Arturo y a José desde Tenosique.

Esta es una localidad industrial, uno de esos poblados del interior que parecen medio fábricas y medio pueblos, pero jamás ciudades. Una autopista central, flanqueada por grandes bodegas industriales, se combina con calles de tierra. Casi 300,000 habitantes hacen su vida en este lugar cuyo meridiano es una callejuela donde las viviendas son de lámina y madera, donde apenas hay paso para vehículos, pero en la que las vías del tren dibujan esa columna vertebral a la perfección. Coatzacoalcos, en náhuatl, significa “el escondite de la serpiente”. 
Tras una noche entera sobre el tren, los indocumentados que llegaron al albergue hicieron lo que hacen en cada escala: preguntar y escuchar. Y de lo que se enteraron llevó a que la mayoría anotara hoy su nombre en el listado. “En la mañana metieron a punta de pistola en una casa de ahí enfrente a 15 de los que esperaban en las vías”, relata para unos 14 oídos un hondureño enlistado. No es raro. “Al menos 10 diarios se rinden y se entregan a la Migra aquí”, asegura Eduardo Ortiz, encargado de la CNDH en la zona mientras cumple con su visita rutinaria al albergue. 

Tras una noche de tiroteos, secuestros, muertos, camionetas blancas y correteadas, se han enterado de que llegaron a la peor parte. Ahora saben lo que pasa en Coatzacoalcos y saben que sus próximas estaciones serán Tierra Blanca, Orizaba y Lechería. 

Un grupo de migrantes sostiene junto a las literas una especie de reunión en la que el tema central es lo difícil que está la ruta debido a los secuestros. Unos relatan, otros solo observan con el interés del que escucha lo que le puede ocurrir. “A aquel compadre lo levantaron aquí y ahí va de vuelta, pero yo me quedo”, señala el hondureño a un hombre que descansa solo en la cama baja de un camarote. Se llama Pedro, tiene 27 años y también es hondureño. Se ve triste.

Cuenta que fue hace tres meses. Todo empezó aquí, en Coatzacoalcos, en una casa frente a las vías. Dice que fue un engaño bien orquestado. Asegura que lo intentará de nuevo porque no le queda de otra. Sugiere que el que tenga parientes en Estados Unidos no lo diga en el camino. A nadie. Nunca.

“Fue una señora a la que le dicen La Madre, que ofrece coyote que lo lleva a uno por 2,500 dólares. Así lo llevan engañado a uno hasta la frontera, Reynosa. Hasta ahí te tratan bien, pero ahí te secuestran. Ahí te amenazan con pistola, te agarran a golpes. Creo que son de Los Zetas. Me sacaron 800 dólares y 2,500 a mi esposa. Y de ahí te sueltan. Un mes y 18 días me tuvieron ahí. Y los policías están con ellos”, dice, y vuelve a encogerse en la cama para ya no salir de su silencio.

Hay sitios donde se respira el miedo. Para un migrante Coatzacoalcos es uno de esos lugares. Un testimonio desencadena otro: “A mí me secuestraron en mi anterior intento”; “yo me escapé ayer de un secuestro”; “yo vi hace tres meses cómo levantaron a dos muchachas”. Esta mañana, del grupo de diez reunido junto a las literas han surgido siete historias de secuestros vividos en carne propia o como testigos. 

Le cuento a Ortiz, el encargado de la CNDH, que en el cuarto contiguo hay muchas víctimas de plagio, que incluso hay gente secuestrada a unas cuantas cuadras, en alguna casa de la marginal por la que serpean las vías. No se sorprende, aunque habla con contundencia. Es su pan de cada día.  

—El dominio de las bandas organizadas –dice Ortiz– se ha incrementado, por decir, un 200%. Tenemos muchas denuncias, el modus operandi es igual aquí que en Tierra Blanca. Hay secuestradores que van y cobran hasta 15 rescates, lo que me hace pensar que las compañías de remesas saben a quién le pagan, no es posible que alguien vaya por 30 envíos. Y hemos tenido casos fidedignos donde los policías municipales han detenido a un migrante y lo entregan a los delincuentes. 

—Tengo tres testimonios –le cuento– donde alguien que fue secuestrado asegura que de su grupo alguno se escapó y que al volver, muy golpeado, les dijo que venía de denunciar a la policía local que en la casa quedaban migrantes, y que la policía los llevó a entregarlos a los secuestradores. 

—Sí, si ya no es cuestión de omisión. Nosotros sabemos que los entregan, no hemos escuchado de esa mecánica de que los devuelven, pero eso es lo de menos, hay coparticipación. Con los cónsules de El Salvador y Honduras en Veracruz y el delegado del INM hemos estado reunidos con el presidente municipal de Tierra Blanca, y es común que nos desconozca el hecho, y hay malestar cuando hablamos de casos de secuestrados. De hecho, al mes siguiente de que me dijeran que eso no pasaba, hace un mes, el Ejército incursionó en una casa de seguridad y rescató a 28. Desde hace unos meses actúan a la luz del día, haya o no presencia de la autoridad, eso no los inhibe. Hay migrantes que nos han dicho: “¡Iba pasando la patrulla, voltearon, vieron cómo nos tenían apuntados con pistolas, en el piso, y siguieron de frente!”. ¡Es un hecho real, hay testigos que han visto hasta a 100 personas en la misma casa! Todos los vecinos le pueden decir cómo es el modus operandi, todos lo han visto, y nadie dice nada. ¡No pasa nada! Va a seguir pasando a los que vengan. Nadie nos quiere oír.

Erving Ortiz, el cónsul salvadoreño en Veracruz, denunció en agosto de este año que “unos 40 indocumentados son secuestrados cada semana” en todo el estado. Lo hizo luego de que el Ejército incursionara en la casa de seguridad de Coatzacoalcos. Esta vez los dos periódicos más influyentes del país, Reforma y El Universal, lo publicaron. 

Intento por décima vez contactar al presidente municipal de Tierra Blanca, Alfredo Osorio, pero nunca contesta. Su secretario particular, Rafael Pérez, me prometió unos minutos al teléfono para hoy, pero ya no responde su celular. En la alcaldía, una secretaria contesta el teléfono y asegura que ambos funcionarios estarán fuera una semana. Marco al despacho de prensa del INM y me contesta la misma encargada que lleva cinco días diciéndome que busca al funcionario ideal para hablar sobre los secuestros. Sin embargo, hoy actúa como el secretario de Osorio y me dice que la persona indicada –de quien nunca supe el nombre– está fuera del trabajo y lo estará varios días. Dice que no sabe cuándo volverá. Mientras, varios continúan secuestrados a unas cuadras de donde marco los números del presidente municipal y el INM. Es tan cotidiano que no necesito hablar con ellos para estar seguro de que si fueran honestos y hubieran aceptado mis llamadas, tendrían que haber contestado con un rotundo sí a mi pregunta: ¿saben que aquí se secuestra de forma sistemática a migrantes?

El 4 de abril de este año, la jefa del INM, Cecilia Romero, recibió el mismo documento que el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. Era un documento de 40 páginas, y su segundo capítulo se titulaba “Secuestros y crimen organizado”. Contenía una explicación general de lo que ocurre y tres testimonios de víctimas. Lo envió Leticia Gutiérrez, directora de la Dimensión Pastoral de la Movilidad Humana, organismo de la Iglesia católica que coordina 35 albergues del país, entre ellos los de Tierra Blanca, Coatzacoalcos y Reynosa. Los destinatarios nunca respondieron.

La pregunta oculta en las palabras del cónsul Ortiz es evidente: ¿cómo es posible que siga pasando algo que conocen los alcaldes, los países de origen, los medios de comunicación, el Estado mexicano y hasta el Gobierno de Estados Unidos? 

La CNDH solo puede recabar pruebas y, más o menos al cabo de un año, emitir una recomendación, una queja contra una institución estatal por una acción directa: esos agentes, de esa corporación, en esa fecha, y ante esos testigos, cometieron esa violación de derechos humanos. Es difícil para ellos quejarse de una omisión. Es complicado demostrar que por ahí pasaba la patrulla justo cuando los delincuentes secuestraban, y los migrantes que quieren quedarse a denunciar caen con cuentagotas. De lo que el funcionario de la comisión describe una lógica retumba: todos lo saben; nadie hace nada; seguirá pasando. 

TIERRA BLANCA
También en Veracruz las inundaciones han aletargado la marcha de los trenes. Hay pocos migrantes en las vías de Tierra Blanca. Hoy no hay nubes. Hace mucho calor.
A unos 100 metros se ven dos jóvenes. Sin duda son migrantes. Uno, de unos 20 años, está acostado en una hamaca, afuera de una tienda. Otro, de unos 15, sentado en un tronco a la par de su compañero. El fotógrafo Edu Ponces y yo caminamos por las vías. La sensación es de vacío, porque el patio de maniobras es enorme y hoy no hay vagones. Me desvío y me dirijo hacia ellos cuando estamos a unos 50 metros. El menor –moreno, casi negro, 1.50 metros de estatura– pone su brazo en el tronco y alarga una pierna. Levanto la vista hacia ellos cuando los tengo a 30 metros. Abre los ojos igual que su compañero, que permanece congelado. Enfilo directamente para hablarles. Da un salto de gato e intenta echarse a correr.
—¡Hey, compa, soy periodista!
Se detiene.
—¿Qué pasó? ¿Te asusté?
—Es que aquí está bien caliente –responde.
Luego, obvio, habla de Los Zetas. 
A los cinco minutos, un joven de unos 18 años se acerca, harapiento y con olor a pegamento de carpintero. Llevaba un rato echado en la esquina opuesta a nosotros. Nos veía desde allá junto con otros dos borrachos que, tras fumarse un puro de marihuana, han caído desplomados y se han quedado con los ojos abiertos y la mirada fija en el cielo.

—Hey, tú eres pollero –me dice el muchacho mientras intenta reavivar el fuego de su puro.

—No, no lo soy.

—Sí, ya te he visto aquí.

—¡Que no!

—Sí, eres pollero, y voy a llamar al comandante de Los Zetas para que venga a traerte.

Un arrebato de cólera me invade. Sujeto con fuerza el brazo del muchacho y camino deprisa por las vías para alejarlo de nosotros. Solo quiero que nos deje conversar en paz con los migrantes. Grita que lo suelte, que solo bromeaba. Edu me pide que lo deje ir. Lo hago y el muchacho repite su amenaza de que llamará al jefe zeta local. Nos alejamos un poco de las vías. Mejor no saber si sus palabras son ciertas. 

Nos acercamos a tomar un jugo a la orilla de los rieles. Es obvio que no somos de aquí. El vendedor quiere saber qué hacemos. Le explicamos. Es amable. Nació en Tierra Blanca y fue migrante en Estados Unidos. Sin especificar nada, pregunto, como si habláramos del tiempo, si hay zetas en Tierra Blanca. “Ya sabes, hay cosas de las que uno no puede hablar porque ustedes se van, pero uno aquí vive, y luego no vaya a ser que pregunten: ‘¿quién dijo eso de nosotros?’ Y controlen por dónde camine uno y le den para abajo”. Sin querer decir, dijo más. Ha llegado la hora de irnos de las vías.

Solo una persona en Tierra Blanca respalda con su nombre su testimonio de los secuestros. Es el diácono Miguel Ángel, encargado de la parroquia y de la pequeña casa que funciona como albergue. Lo que dice es una repetición de lo que se dice en Coatzacoalcos, solo que con menos claridad, con más temor. Pasa, siempre pasa. A la luz del día. Decenas de migrantes. Tan común que no hay mucho más que decir. Las preguntas son respuestas en sí mismas. El diácono nació y vive en Tierra Blanca. Tiene hijos. Tiene esposa. “Aquí todos nos conocemos”, dice. 

Tras hablar con él, localizamos a una persona con la que nos habían recomendado conversar. La regla de Osiel (nombre ficticio) es clara: sin grabadora. Así se habla en zona de Los Zetas si se vive en ella.
Conversamos en una casucha repleta de trastos viejos y recuerdos de primeras comuniones y velorios, pero a estas alturas es difícil obtener información nueva, incluso bajo estas normas de secretismo. “Te puedo decir que aquí todos conocen al mero mero; Chito le dicen, y vive ahí en el cerro, es el que secuestra, pero nadie lo va a denunciar”, aporta Osiel.

En Coatzacoalcos alguien muy conectado con lo que pasa en Tierra Blanca nos había lanzado una advertencia: “Si llegan ahí preguntando por los secuestros, Los Zetas tardarán unos ocho minutos en saberlo; si hablan con las autoridades del pueblo, tardarán tres”. Es hora de irnos del pueblo. 

“YA NO PASAREMOS POR AQUÍ” 
En 2006 era común escuchar en el sur mexicano historias de migrantes que, con terror, se quejaban de los operativos en el tren. Aquellos donde, casi siempre de noche, los agentes de Migración, policías federales o militares encendían sus luces de manera repentina, la máquina paraba y todos se echaban a correr. Era un sálvese quien pueda. Muchas veces esos operativos ocurrían en sitios que flanqueaban los vagones con dos empinadas pendientes. Había hasta dos operativos semanales en cada ruta. 

Durante ese año y 2007 hubo un incremento en las denuncias que dejaban del lado de los bandidos a las propias autoridades: militares, policías de todas las corporaciones, agentes de Migración. Entre mayo de 2006 y abril de 2007, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales encuestó a 1,700 indocumentados centroamericanos que transitaban por México. Reportaron haber sido objeto de 2,506 violaciones a sus derechos humanos. La CNDH documentó tres casos en los que se utilizaron cárceles comunes para detenerlos.
Una migrante que sufrió esa situación fue abusada sexualmente dentro de la celda por dos mujeres mexicanas. Un salvadoreño que también vivió su detención en una prisión municipal amaneció muerto de neumonía tras haber pasado toda la noche esposado a un barrote. En otras dos recomendaciones se habla de torturas perpetradas por autoridades gubernamentales. Un menor fue apaleado y orinado en un centro de detención de Migración cuando lo atraparon luego de que intentó fugarse. Un grupo de centroamericanos fue obligado por militares a caminar descalzo durante kilómetros mientras dos guatemaltecos cargaban con todos los zapatos y recibían golpes cada vez que dejaban caer alguno.
No es que los policías y militares hayan pasado a ser protectores de los migrantes, pero las denuncias de vejaciones de este tipo han disminuido, en sintonía con el aumento de los testimonios que involucran al crimen organizado. Las voces de la CNDH y de los encargados de albergues fueron escuchadas, y los operativos donde muchos perdían piernas y brazos disminuyeron, pero los mismos promotores de esto ven sorprendidos cómo una batalla ganada coincidió con el inicio de otra que ni el Gobierno mexicano ha conseguido descifrar: la lucha contra el crimen organizado y su capacidad para corromper al aparato estatal.

La misma Procuraduría General de la República reconoció hace dos meses en un documento que en estos años de gobierno se ha pasado de un problema “esporádico” a uno “sistemático” en los secuestros. Claro, se refirió a los secuestros de ciudadanos mexicanos. Además, aceptó que casi nunca nadie denuncia, no solo por temor a los secuestradores, sino que “a las propias autoridades locales, a quienes se les vincula con protección a los grupos que deberían perseguir”. Si un capitalino, que vota y tributa, no denuncia, ¿querrá hacerlo un indocumentado perseguido?

En 2008 los asaltos siguen a la orden del día, pero eso se queda como una queja leve, como una cuota obligatoria y normal para el que quiere llegar a Estados Unidos. Este año lo que llama la atención son los secuestros, y a un paso acelerado sus víctimas aparecen por todas partes. 
Es 30 de septiembre en Ixtepec, Oaxaca, lejos, muy lejos de la ruta más caliente de los secuestros. Aquí están Gustavo y Arturo, de 16 y 18 años, ambos de la aldea El Cimarrón, en Puerto Barrios, Guatemala. De allí salieron y para allá van de regreso. 

Los secuestraron. Fueron Los Zetas, dicen. Hace dos días que recuperaron su libertad. Fue en las vías de Orizaba, entre Tierra Blanca y Lechería. Pasó a las 4 de la mañana. Siete hombres armados los levantaron: “¡Vaya, hijos de puta, al que se corra lo baleamos!”. Fueron tres días de plagio. Fueron 500 dólares de rescate. Fueron varias horas de golpes y amenazas, encerrados en un cuarto. “Nos pateaban, dijeron que a los que no dieran un número de teléfono les iban a sacar un riñón”, cuenta Arturo. Dice que los querían marcar con un fierro de caballo en forma de Z, calentado con un soplete. Que un gordo al que conocieron en Arriaga y del que se hicieron amigos era uno de ellos. Que a él le habían contado que tenían familiares en Estados Unidos. Les dijeron que una noche antes de su llegada habían liberado a unos 30 migrantes.

“Los escuchábamos hablar y parece que eran un grupo nuevo, que estaba uniéndose a Los Zetas”, dice Arturo. El negocio va viento en popa, no es raro que se necesite a nuevos agentes. 

En una de las noches que estuvieron secuestrados, vieron que algunos de sus captores regresaron ensangrentados. “¡Eran como 100 migrantes con piedras, machetes, palos y nos dieron una madriza!”, escucharon el relato de uno de ellos: “Pero esto no nos volverá a pasar, ya nos va a llegar el cargamento de armas de allá arriba, y entonces sí les vamos a partir su madre”.

Los amenazaban con sacarles más dinero, pero Gustavo rogó: “Ya pagamos, déjennos ir, les prometemos que no volveremos a pasar por aquí, nos vamos a regresar”. No se molestaron en sacarlos de noche. Ni en carro. Los llevaron caminando a punta de pistola, a las 4 de la tarde, hasta la estación del ferrocarril. Gustavo y Arturo recuerdan que mientras pasaban las ventanas y puertas de las casas se iban cerrando.

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