Todo comenzó con un anónimo barco que transportaba fuel en medio de un gran temporal. Cientos de barcos como éste doblan cada año el cabo Fisterra, en Galicia. Todos ellos se enfrentan al mal genio del Océano Atlántico, pero en este caso, un gran temporal, la avaricia y la mala suerte se adueñan de la situación. Un barco que no debería haber navegado se rompe e inicia una terrible tragedia. Lo que en principio fue tan solo una amenaza se ha convertido en una catástrofe inmensa, cuyos efectos perdurarán años. Pero la falta de una respuesta eficaz de las administraciones se vió ampliamente compensada con los esfuerzos de miles de personas que colaboran en las duras tareas de descontaminación, pese a la falta de medios, la desazón y las inclemencias del tiempo.
Lo que empezó como una incidencia más del temporal que azotó España en noviembre de 2002 terminó convertido en la mayor catástrofe económica y ecológica sufrida en España —aún quedan restos en los acantilados más inaccesibles y bajo los fondos marinos donde no se pudo limpiar—; también en una pesadilla para el entonces Gobierno español y para el PP a las puertas de unas elecciones. Y en la mayor crisis de los 14 años de Manuel Fraga en el Ejecutivo gallego.
El 'Prestige', pese a su nombre, dejó sin faena a miles de marineros y mariscadores de la primera región pesquera de la Unión Europea. El temporal —olas de seis metros y vientos de hasta 50 nudos— hirió de muerte al barco, de 26 años de antigüedad y armador y capitán griegos, escorándolo a estribor el 13 de noviembre.
Salvamento Marítimo rescató a sus 27 tripulantes, mientras el barco escupía una mancha de crudo de cinco millas de longitud. Fueron sólo las primeras toneladas. Un año después, las cifras oficiales certificaban que el 'Prestige' derramó sobre las costas de Galicia y el Cantábrico, desde las islas Cíes hasta Bretaña y el litoral meridional del Reino Unido, un total de 63.000 toneladas de petróleo. El 'Exxon Valdez', que se hundió en Alaska en 1989, vertió 50.000 toneladas; el 'Erika', naufragado frente a la costa francesa en 1999, dejó escapar 'sólo' 10.000 toneladas; el 'Mar Egeo', hundido bajo la mismísima Torre de Hércules, depositó 70.000 toneladas de crudo en la boca del puerto de A Coruña en 1992.
El temporal de Fisterra abrió un boquete mortal en el viejo casco del 'Prestige', un barco que no pasaba ninguna revisión desde 1999, pero fue una serie de decisiones equivocadas la que lo mandó al fondo de la plataforma gallega, a unos 4.000 metros de profundidad frente a las islas Cíes, según denunciaron ya entonces científicos, técnicos y la oposición política.
A este panorama se unía la ausencia de una legislación europea y de un organismo que velara por la seguridad en las aguas. La entonces comisaria de Transportes y Energía de la Unión, Loyola de Palacio, reconoció que «si hubiera estado en vigor la normativa europea de prevención y lucha contra los siniestros ambientales, el 'Prestige' habría tenido que ser sometido a fuertes revisiones y posiblemente hubiera sido retirado de la circulación».
El entonces ministro de Fomento, Francisco Álvarez Cascos, mandó alejar el barco de las costas de Galicia, demasiado acostumbradas al manto negro del petróleo y aún reciente el desastre del 'Mar Egeo' en A Coruña. La orden era enviar al 'Prestige' «al quinto pino», en un principio hacia el norte. Un rumbo que en nada agradó a las autoridades francesas y británicas, y que se corrigió el 15 de noviembre. El petrolero, remolcado por el 'Ría de Vigo', el 'Ibaizabal I', el 'Remolcagure Bat' y el 'Alonso de Chaves', viró entonces hacia el sur, con la intención, según confesaron las autoridades españolas, de dirigirlo primero hacia aguas portuguesas y, después, hasta Cabo Verde, el único país que aceptaba en sus puertos al barco accidentado. Pero el averiado y debilitado 'Prestige' no llegó. Se partió en dos, como una nuez, a 250 kilómetros de la costa gallega, la mañana del 19 de noviembre.
Tirando de él hacia el sur, se supo después, los remolcadores metieron al petrolero en la zona de la llamada corriente de Navidad, que condujo el crudo que soltaban sus tanques directamente contra la costa de Galicia. Las primeras manchas de fuel habían llegado a Trece, Camelle y Roncudo, en la Costa da Morte, el 17 de noviembre. A la Ría de Arousa, más al sur, el 4 de diciembre.
La catástrofe en Galicia puso muy cuesta arriba las expectativas del Partido Popular a sólo unos meses de las elecciones municipales y con la guerra de Irak a las puertas, pero la sangre no llegó al río. Pese a los temores, el 'Prestige' no pasó la factura esperada al PP en la Costa da Morte. En los comicios municipales de mayo de 2003, los alcaldes mantuvieron sus ayuntamientos en la costa coruñesa. Y con mayoría absoluta para el PP en Fisterra y Muxía, municipios símbolo de la marea negra. En el resto de Galicia, el retroceso del Partido Popular sólo se notó en las capitales de provincia y grandes ciudades. En las autonómicas de 2005, sin embargo, Manuel Fraga ganó en votos, pero perdió la mayoría absoluta —lo que abrió las puertas a un pacto de gobierno entre PSdeG y BNG.
La oposición y Nunca Máis atribuyeron el aguante electoral del PP al generoso paquete de subvenciones con que el Gobierno y la Xunta regaron la zona. Los trabajadores que tuvieron que parar su actividad por la marea negra comenzaron a cobrar unas ayudas de 1.200 euros al mes por persona, apenas un mes después de la catástrofe.
El entonces ministro de Agricultura, Miguel Arias Cañete, cifró en 24 millones de euros al mes el coste del cese de actividad pesquera en Galicia por culpa de la marea negra. La Xunta pronosticó que el desastre reduciría un 0,2% el PIB gallego y un 0,6% el empleo en 2003. Galicia y la costa cantábrica española perdieron sus banderas azules el verano de 2003 por culpa de las galletas de chapapote que aún seguían llegando en plena temporada turística.
Sólo en los primeros seis meses posteriores a la catástrofe, en España, Francia y Portugal se habían recogido unas 23.000 aves petroleadas, una expedición científica descubrió fuel del 'Prestige' a 1.000 metros de profundidad en la Ría de Ferrol, la mitad de la superficie rocosa de las islas Cíes y Ons seguía cubierta de fuel, los pescadores del Cantábrico se quejaban de la escasez de capturas...
A la mala gestión de la crisis, Aznar recetó como único remedio el Plan Galicia —12.000 millones de euros para la reactivación económica de la zona y nuevas infrasestructuras—... y un parador de turismo para la damnificada Costa da Morte. Poco, en realidad, para un desastre que ha ocasionado pérdidas de hasta 1.400 millones de euros, según los cálculos de las Cámaras de Comercio.
Pero ni las demandas judiciales ni las investigaciones políticas podrán remediar el daño ecológico ocasionado por la marea negra. El Instituto Español de Oceanografía (IEO) denunció en su día que se ha perdido toda una generación de peces, moluscos y crustáceos por culpa del crudo: «El fuel se ha depositado en el fondo como una capa de asfalto que, aunque no es muy tóxico, sí impide que se desarrollen especies vegetales y animales, y favorece la aparición de organismos oportunistas».
Estos efectos, según dijo entonces el IEO, podían prolongarse entre cuatro y seis años. Estaba en lo cierto: en noviembre de 2006, cuatro años después de la tragedia, el IEO detectó pequeñas manchas en la zona del hundimiento del 'Prestige'. En mayo de 2007 se sellaron varias grietas, en una tercera campaña submarina de trabajos muy costosos.