Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, se hizo un hueco en la historia de las relaciones internacionales al trabajar como propagandista de guerra para EEUU en la II Guerra Mundial. Sin embargo su verdadero éxito fue aplicar las teorías de su tío sobre las fuerzas irracionales que gobiernan nuestras decisiones, no para curar alteraciones psíquicas, sino para seducir al consumidor a que compre ciertos productos. La estrategia era asociar los productos con personalidades y con la idea de sentirse diferente, más allá de la funcionalidad del producto o su necesidad. De un cliente a otro Bernays se convirtió en un rico líder y pionero de las relaciones públicas y el marketing.

En el ámbito político también recurrieron a Bernays para limpiar la imagen de algunos políticos.

Cuando Bernays hizo famoso a su tío en EEUU, los políticos empezaron a preocuparse por esas fuerzas irracionales que merodeaban bajo la superficie de la sociedad, ya que temían que pudieran desembocar en revoluciones como la rusa. El consumismo se ofrecía no solo como una solución económica, sino como una forma de mantener calmada a la gente. Pero la crisis de 1929 hizo que el consumo descendiese y la gente perdió los nervios.

Según Bernays era necesario tener siempre controlado al pueblo ya que podían elegir lo erróneo, y por eso debían ser dirigidos por una elite. Y según Freud la civilización no era la prueba del progreso humano, sino que era una contención del animal irracional que llevamos dentro, ya que consiste en una serie de mecanismos para mantener contento y controlado al pueblo, y siempre debería ser así, porque sino se desataría al animal irracional y éste nos gobernaría. Esto es lo que habría pasado en la Alemania Nazi, donde el amor se entregaba al líder y el odio al que no pertenecía al grupo.

Con Roosevelt llegó el New Deal, parecido a lo que querían los nazis, controlar la producción del mercado libre, pero sin necesidad de controlar emocionalmente al ciudadano, informando y asumiendo la madurez del pueblo. No había ningún animal que contener. Además, el Estado debía ser garante de los fallos del mercado y poner límites al mismo. Pero Roosevelt se encontró de frente con las grandes empresas que querían seguir por la vía del consumismo masivo y la manipulación de emociones, y con Bernays al frente, retaron al gobierno con campañas que relegaban a los políticos a un segundo plano, dándole el protagonismo a las empresas que deseaban fabricar consumidores, no ciudadanos.

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