La adoración y el altar no son dos cosas diferentes, sino una misma cosa, porque persiguen el mismo fin: adorar al unico y sabio Dios. Cuando los hijos de Rubén, y los hijos de Gad, y la media tribu de Manasés, volvieron a sus posesiones después de la conquista de Canaán, construyeron un altar de gran apariencia, como un memorial. Las demás tribus de Israel al escuchar esto se pusieron violentas y subieron a pelear con ellos, pues esto representaba un pecado en contra de Jehová, lo cual puede conllevar juicio a las doce tribus. Alguien dirá, «Pero solo eran tres tribus», para Dios no, Él ve a sus escogidos como uno solo. Tenemos que aprender responsabilidad como pueblo de Dios y entender que nuestras malas acciones repercuten negativamente sobre la iglesia. Edificar un altar diferente al que Dios ha establecido es una transgresión, prevaricación, división y rebeldía. En la relación con Dios se comparte una misma suerte: eres fiel, la bendición es de todos; eres infiel, la vergüenza es de todos.

Sin embargo, la motivación en la creación de aquel altar no era pecaminosa, sino que ellos hicieron este símil para preservar su fe, la cual estaba en el Dios de Israel y querían testificar que Jehová es Dios. No juzguemos por la apariencia, ni juzguemos a nuestros hermanos de manera cómo alaban a Dios, su altar de adoración. El que se apresura a juzgar se apresura a pecar. Este altar más que un testimonio de gran apariencia era la defensa a la unidad y a la integración de ser un solo un pueblo y un solo Dios. El Jordán que cruzaron, que antes fue una simbología de una obra consumada, tipo de madurez y consagración, ahora los separaba. Así también pasa, que as cosas que antes nos unían, ahora nos separan y se constituyen en linderos en la iglesia. Pero Dios nos manda que en lugar de separarnos de nuestros hermanos, hagamos altares de testimonios, como aquellas tribus, donde digamos a los luteranos, bautistas, metodistas, pentecostales, etc., tenemos parte con ustedes, siendo “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos” (Efesios 4:3-5). El altar es lo que supera las barreras y los linderos que nos separan de un solo Dios y de una sola adoración.

La manera para que nuestros hijos y futuras generaciones sigan adorando al mismo Dios y en el mismo altar es nuestra unidad. Las divisiones en las iglesias son las que traen duda a nuestros hijos de nuestra fe. Al símil le llamaron Ed que significa testimonio el cual es que Jehová es Dios. El altar de nuestro ministerio es: Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es […] A Jehová tu Dios temerás, a él solo servirás, a él seguirás, y por su nombre jurarás. Él es el objeto de tu alabanza, y él es tu Dios…” (Deu 6:4,20,21); Él es tu todo. El principio de este mensaje es la unidad en el Espíritu de la iglesia cristiana. Dios ha quitado la pared intermedia y en Cristo nos ha dado la revelación de la fe verdadera. En la revelación de que Dios es el todo, amaremos a nuestros hermanos, y empezaremos a trabajar en pos de la unidad.

Por tanto, no juzguemos a nuestros hermanos antes de tiempo; luchemos por mantener la unidad y la integración para ser un solo pueblo, con un solo Dios y con un solo altar. El altar era un recurso para que la generación venidera se sintiera parte y mantener la unidad y la relación con Dios, el altar y el propósito. Finalmente, no olvides que podremos hacer muchas cosas para preservar la unidad de la iglesia, el Cuerpo de Cristo, pero solo dos cosas lo lograrán: adorar al mismo Dios en el mismo altar.

Predicado
Noviembre 2, 2008

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