Alberto da Madrid
Nacido en el seno de una familia de labriegos de espliego y lavandas, Albers llega al mundo en Enero del 85, el día más gélido que los viejos del lugar recordaran hasta la fecha.
Éste hecho ya tan temprano, marcará sobremanera no sólo su carácter huraño y taciturno, sino su propia piel y su propio cuerpo.
Durante su primera noche en la incubadora, un cortocircuito deja a ésta fuera de funcionamiento. Pasan varias horas y el bebé, al borde de la muerte, sufre de hipotermia.
Sus manos nunca recuperarían la sensibilidad perdida hasta que, finalmente, los médicos se ven obligados a amputarlas cuando el niño cuenta tan sólo con 8 años.
Sin embargo, pronto los milagros de la ciencia y más concretamente los avances en la técnica de transplantes ocurrida a principios de los 90 le proporcionarán unas manos nuevas.
Una desgracia en el otro lado del mundo origina un posible donante. Nunca se sabrá con exactitud su procedencia, pero el mismo Alberto confesará años más tarde su creencia, fruto de los extraños accesos oníricos que le asaltan cada aniversario de la citada operación, de que aquellas frías y delicadas manos que fueron cosidas a su cuerpo provenían de un niño prodigio, nacido en algún lugar de Siberia, que fue asesinado por celos.
Desde entonces se le conocerá en su círculo como el Chico de las Manos Muertas, capaz de llenar papeles con garabatos, dibujos y esbozos que ni siquiera él mismo sabrá explicar en ningún momento.



