No hubo lápida / si hubo plática / que Dios salve a la reina / gloria eterna a los héroes de la Antártida.

Se cumplen los cien años de una de las carreras más peligrosas que ha emprendido el hombre, una competencia suicida: la conquista de la Antártida.

Corría el otoño de 1911 cuando un equipo británico liderado por el Capitán Scott anunció el reto descomunal que emprendería: el objetivo era llegar al punto más austral del planeta, los 90 grados, donde se ubica el eje sur de la tierra. El Capitán Scott, un avezado explorador, llevaba años preparando la excursión. Sin embargo, sólo un mes antes de que el equipo británico iniciara su travesía, se enteraron de que -sin desearlo- su aventura acaba de convertirse en una competencia titánica: un escuadrón noruego, capitaneado por Roald Amundsen, un explorador que había tenido exitosas aventuras en el polo norte, también iba en camino a la Antártida y amenazaba con quedarse con la gloria.

Amundsen desembarcó en la Antártida dos semanas antes que los británicos, y equipado con 52 perros "jala-trineos", entrenados por esquimales, comenzó el desplazamiento acompañado por una veintena de hombres. Por su parte, el Capitán Scott eligió una estrategia más compleja. Llevaba una treintena de perros esquimales, pero también 16 ponys asiáticos que le permitirían arrastrar la carga de alimentos, combustible y tiendas de campaña, y además, cuatro vehículos motorizados (todo un lujo par la época).

Durante más de 70 días, noruegos e ingleses -cada uno en una ruta distinta- soportaron temperaturas de hasta 60 grados bajo cero, tormentas de nieve, accidentes en el hielo, congelamiento de extremidades, muerte de los animales, ceguera temporal, hambrunas, etc. Conforme pasó el tiempo, las estrategias adoptadas por Amundsen y Scott marcaron la diferencia. Amundsen y sus hombres se habían hecho abrigos de piel de oso, llevaban a un campeón de esquí como carpintero, un zapatero, habían aprendido a construir iglúes, y a almacenar eficazmente el combustible que les permitía calentarse durante las noches. Además, sus perros esquimales sobrevivieron mejor a las terribles condiciones, por lo que el escuadrón noruego se movía más aprisa.

Por su parte, el Capitán Scott tuvo que abandonar pronto sus vehículos motorizados, los cuales se descomponían constantemente. Vio morir a sus ponys uno a uno -incluso- tuvo que sacrificarlos cuando estaban incapacitados para seguir jalando los trineos y utilizarlos como alimento. Sus trajes de lana súper gruesa no eran tan buenos como las pieles que usaban sus rivales, etc.

Una mañana de enero de 1912, el Capitán Scott emprendió el último trayecto hacia la meta con sólo cuatro hombres. El resto de su equipo se quedó en los campamentos intermedios, esperando su regreso. Llevaban más de 62 días de trayecto. Cuando maltrechos, desnutridos y con problemas de congelación, por fin avistaron la meta el 18 de enero sólo para encontrarse con la peor noticia posible: una bandera noruega ondeaba en el punto de los 90 grados. Fue un golpe descomunal para el equipo británico. La gloria era para sus rivales.

Pero lo más terrible era que - con el -animo hecho pedazos- los británicos aún tenían que emprender el regreso, 1300 kilómetros, para salvar sus vidas. Además, el clima había empeorado. Ese par de semanas de tardanza con las que el equipo británico había comenzado la aventura - con respecto a los noruegos- habían sido cruciales. En el retorno, el Capitán Scott perdió a uno de sus hombres más cercanos, Lawrence Oates quien -en muy malas condiciones físicas- abandonó la tienda de campaña en plena noche de tormenta para desaparecer en el hielo y permitir que sus compañeros aprovecharan el poco alimentos que quedaba. Aún con recursos escasos, el equipo británico alcanzó a llegar a uno de los puestos de abastecimiento que habían dejado montados, sólo para descubrir que los contenedores de combustible se habían agrietado por las bajísimas temperaturas y no quedaba nada para calentarse. En ese momento, el Capitán Scott supo que había llegado el fin.

Sin fuerzas ni ánimo, los cuatro aventureros británicos se metieron a sus bolsas de dormir a esperar la muerte. El Capitán Scott escribió una última carta a su esposa: "La muerte me encontrará tranquilo y en paz. Cásate cuando sientas que ha llegado el momento. Encuentra un buen hombre y vive feliz". El Capitán Scott había logrado su sueño, llegar al polo sur, pero tendría que pagarlo con su vida. Se presume que Scott murió el 29 de marzo de 1912. Los noruegos comandados por Amundsen llevaban ya dos semanas de haber regresado hasta el lugar donde anclaron su embarcación y celebraban -junto al fuego y con estómagos llenos- la conquista de la Antártida. Los restos de Scott y sus hombres fueron encontrados seis meses después y fueron enterrados en el lugar donde perecieron.

j vimeo.com/26781926

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