Ngen Rupü: El Camino del Ngen

  1. Ngen rüpu es el camino de ngen, un camino físico y simbólico que sigue la senda de los espíritus tutelares de las comunidades mapuche williche. En términos materiales, corresponde a la ruta que deben transitar los integrantes de las congregaciones religiosas indígenas para llegar hasta la morada de sus espíritus protectores. Al menos una vez al año, previo a la realización de las rogativas (ngillatun/lepün), éstos hacen un peregrinaje ritual hasta el espacio sagrado donde residen los espíritus poderosos. En un sentido metafórico, el ngen rüpu es también el camino de la memoria donde se reproducen los pasos andados durante generaciones por los antepasados y se reconstruye su universo simbólico para dar continuidad a sus prácticas culturales religiosas e identitarias.

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  2. Wenumapu es la tierra de arriba, morada de los dioses y de los espíritus de los antepasados. Corresponde a la dimensión superior del universo mapuche, denominado wallontumapu. Se encuentra simbolizado por el azul profundo (kallfü), color que connota un sentido sagrado y valores positivos. Es un espacio estratificado donde se pueden distinguir cuatro estratos de importancia ascendente (Grebe et al. 1972). El meli ñom, cuarto peldaño y nivel cardinal, corresponde a la residencia de la principal familia divina. El küla ñom, tercer lugar, es habitáculo de las familias de dioses secundarios. El epu ñom, segundo nivel, es locación de los antepasados míticos y ancestros generalizados, que corresponden a los ngen mapu. El kiñe ñom, primer peldaño del wenumapu, es el lugar donde viven los püllu, espíritus de los antepasados reales. La comunicación con el wenu mapu es un ejercicio progresivo, que se realiza ritualmente y requiere ascender por estos niveles.

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  3. Kintuantü significa ‘el que busca el sol’, una expresión plena de sentido sagrado, porque antü se considera una representación figurativa de wenumapu fucha, el anciano del cielo. Kintuante –como pronuncian en la forma castellanizada– es la denominación del ngen mapu de las comunidades de Maihue, el Roble Carimallín y Mantilhue, ubicadas en la comuna de Río Bueno. Su espíritu reside en una renü, situada en una quebrada próxima al río Pilmaiquén. Roberto Gómez Antiñir, maestro de ceremonias de la comunidad de Maihue, afirma que Kintuante fue un anciano virtuoso que se perdió mientras andaba nalqueando en las riberas del río Pilmaiquén. No lo encontraron más, pero se comunicó con sus hermanos que estaba allí ‘encantado’. Hasta su morada espiritual llegan los miembros de tres de las seis congregaciones rituales vigentes a nivel comunal, para sacar su ngillatun. Este sitio sagrado se encuentra en una situación vulnerable, porque está al interior de una propiedad particular y amenazado por las obras de embalse del río Pilmaiquén, previstas como parte de la Central HidroeléctricaOsorno. Tanto por la eventual inundación de este sitio ceremonial como por la represa de las aguas, este proyecto constituye un atentado al universo espiritual mapuche.

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  4. El Abuelito Wenteyao es un espíritu ancestral que vive ‘encantado’ en las rocas de la playa de Pucatrihue. A él le rinden culto las congregaciones rituales williche de San Juan de la Costa. El prestigio de su poder, asentado en el mar, ha extendido su devoción hacia comunidades del área de los llanos, como Marriamo, o circunlacustres como Pitriuco, cuyos kamaskos deben viajar más de cien kilómetros para renovar su compromiso ritual con su ngen. Su nombre significa ‘el que obra en lo alto’. Los relatos orales plantean que Wenteyao era un anciano que se perdió cuando andaba mariscando. Dicen que se casó con una sirena y que desde entonces reside en el mar. En comunidades cordilleranas, como Rupumeica, se lo considera el responsable de traer el agua desde el Lafkenmapu.

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  5. Juanico –literalmente, el agua de Juan– es el nombre del espíritu tutelar de la comunidad de Nolguehue. Su residencia se encuentra en una vertiente que desemboca en el río Muticao, próxima al cementerio de la comunidad. Allí existen dos pequeñas caídas de agua que han erosionado el terreno, formando cavidades en las paredes y produciendo pozones en el invierno. Según Javier Albarrán, capitán de la rogativa, el primero de estos espacios es el baño de Juanico, el segundo la casa del espíritu, que antiguamente era una cueva más profunda y cerrada por el follaje de lo que es hoy.
    Circulan diversas versiones de su historia personal. De acuerdo a Nelly Albarrán, nieta de antiguos lepuneros, se trataba de un hombre casado que andaba pescando cuando se perdió en el río. Según Javier Albarrán, era un combatiente mapuche que andaba arrancando de los españoles cuando entró a la puerta del cielo. Un machi localizó el renü donde éste habita y pudo conversar con él. Desde entonces, los miembros de la congregación ritual de Nolguehue van hasta allí para ‘sacar’ su lepün.

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El culto a los ngen mapu, espíritus tutelares de comunidades, es una de las principales supervivencias del sistema religioso/comovisionario mapuche williche en la hoya hidrográfica del Río Bueno. El carácter sagrado de este curso fluvial se encuentra consignado en mapudungun por la etimología de su topónimo, ‘Wenuleufu’, que significa río del cielo. En la lengua mapuche, el mismo nombre designa a la vía Láctea, cuyos millones


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El culto a los ngen mapu, espíritus tutelares de comunidades, es una de las principales supervivencias del sistema religioso/comovisionario mapuche williche en la hoya hidrográfica del Río Bueno. El carácter sagrado de este curso fluvial se encuentra consignado en mapudungun por la etimología de su topónimo, ‘Wenuleufu’, que significa río del cielo. En la lengua mapuche, el mismo nombre designa a la vía Láctea, cuyos millones de estrellas representan figurativamente el tránsito de los espíritus hacia el Wenumapu, la tierra de arriba. De acuerdo a la cosmovisión de este pueblo, los ríos son la vía por la que transitan los espíritus de los difuntos hacia el país de los muertos, siguiendo la senda que traza el sol. Así lo anota Salvador Sanfuentes, quien en su calidad de intendente de Valdivia se convirtió en un notable conocedor de esta zona y de su gente: “Los araucanos ponen las sepulturas de sus muertos a la orilla de algún arroyo para que la corriente conduzca el alma a la tierra de las almas, que algunos creen ser la isla de la Mocha” (En Bauer 1925: 143). Este viaje hacia la otra vida se denomina nomelafken, el paso al otro lado del mar, que las ánimas emprenden en canoas o wampo, conducidas por un balsero. Al llegar al lafkenmapu, cuatro ballenas denominadas trempulkalwe se encargan de conducir a los espíritus hacia el país de los muertos.

Entre los williche, el espacio de ultratumba se conoce como külche mapu, lo que literalmente significa ‘tierra de las entrañas’. Por lo mismo, a sus moradores se les conoce como külche (o kiluche), gente de las entrañas. Se trata de espíritus o püllu, invocados en las rogativas y que se presentan en ellas en la forma de vientos. De acuerdo a su creencia, las almas de los difuntos siguen a través del agua la senda del sol que conduce hasta külchemapu, una estación en el viaje hacia el wenumapu. No obstante, existen en la naturaleza ciertos lugares que nos transportan directamente a éste, son puertas dimensionales que llevan a la tierra de arriba. Quienes entran en ellas pueden desaparecer sin dejar rastros, considerándose espíritus escogidos, que reciben un culto especial por parte de los mapuche williche. La trama fluvial del Wenuleufu escenifica esta cartografía de lo sagrado. En varias comunidades situadas en el entorno de este río y sus tributarios se mantiene vigente el culto a los antepasados míticos, que sirven de intermediarios ante Chaw Dios y que se aposentan en su geografía. Así sucede, por ejemplo, en la comunidad de Maihue, situada en la ribera del Pilmaiquén, donde se invoca a Kintuante, Kilen Wentru y María Antonia; en Nolgehue, ubicada en las inmediaciones del río Muticao, que tiene a Juanico como espíritu tutelar; en la Isla Huapi del Lago Ranco, donde rinden culto a Tripayantü y Ngillifma; también en Pitriuco, localizada en las proximidades del nacimiento del río Bueno, y Marriamo, en el entorno del río Currileufu, cuyas congregaciones propician a Wenteyao. La extensión de este sistema incluye el desaparecido culto al espíritu de Llamuwe, ubicado en la ribera del Cuyaima, en la comunidad de Filuco; sus antecedentes conducen a Kurralwe, en la comunidad del mismo nombre, en los márgenes del Chirre. Su distribución geográfica nos lleva hacia el poniente hasta la comunidad de Las Mellizas, donde habita Wenukamañ e impulsa hasta la desembocadura del Wenulelfu, para encontrar al Santo Chaway en Hueicolla.

Estos espíritus pertenecen a la categoría de los ‘mediadores’ (Foerster 1993; Foerster y Gundermann 1996). Tal calificación deriva de su capacidad de interceder ante las deidades en favor de quienes los propician. Se trata, a la vez, de espíritus protectores que velan por los intereses de los integrantes de las comunidades. De allí que, en este territorio, los miembros de la congregaciones rituales ancestrales se denominen a sí mismos ‘kamaskos’. Esta palabra deriva del término quechua ‘camasc’, incorporado al mapudungun, que designa en su lengua de procedencia al conjunto de beneficiarios de un mismo espíritu (Chacama 2003). Aunque sus usuarios locales desconozcan en la actualidad la etimología del vocablo, su sentido se ajusta al uso que éstos le dan. Los ‘kamaskos’ son quienes rinden culto a un mismo antepasado mítico. El carácter tutelar que éstos tienen sobre las comunidades, como lo consignan Álvarez Santullano y Contreras (1991), nos permite calificarlos como ngen mapu, espíritus ‘dueños’ o guardianes del territorio.

Las prácticas rituales que las comunidades le brindan a éstos registran simbólicamente diversas dimensiones del sistema cosmovisionario ancestral mapuche williche. A diferencia de los ngen, vinculados a los elementos de la naturaleza (Grebe 1993-1994), que son espíritus impersonales, estos ngen mapu corresponden a espíritus de antepasados míticos. En tanto tales, se inscriben en el componente animista de la religión mapuche y nos remiten a su escatología, puesto que ponen en escena las representaciones del devenir del espíritu. Los relatos sobre el origen de su condición numinosa presentan constantes. En todos los casos de referencia, se trata de personas desaparecidas misteriosamente en ciertos espacios naturales, provistos de determinadas características físicas que los revisten de un valor simbólico. Su pérdida es un hecho que demanda explicación. La ausencia del cadáver impide constatar la muerte y realizar los rituales que aseguren el paso del espíritu a la otra vida, lo que genera ansiedad y temor entre los deudos. En estos casos se requiere la presencia de un machi pelomtufe, un machi con capacidad de visión, un adivino dicen hoy, para localizar al desaparecido.

Una forma de explicar el extravío es por el acceso a ciertas puertas dimensionales que conectan con el wenumapu, conocidas como renü. La mayor parte de los vocabularios y diccionarios de mapudungun (Febres 1975 [1764], Augusta 1991 [1916], Moesbach 1944, Erize 1960) presentan definiciones de este concepto que lo circunscribe y restringe al ámbito maligno. Un sesgo que, a nuestro entender, expresa las tensiones culturales que suscita la comprensión del universo espiritual mapuche, al que se ha tendido a demonizar. De acuerdo a estas obras de referencia, los renü son cuevas de hechiceros y morada de espíritus malignos. No obstante, el análisis etimológico del término brinda acceso a una visión más compleja. Éste se compone de los términos ‘re’, que designa lo puro, auténtico y alude metonímicamente a lo sagrado; y ‘nü’, que significa ‘tomar’, ‘coger’, ‘agarrar’. El renü es un espacio numinoso con capacidad de capturar los espíritus humanos. Este rapto espiritual puede tener un carácter negativo, cuando la posesión se produce por fuerzas de naturaleza maligna (kalku, weküfu). Del mismo modo, puede tener un sentido positivo, cuando el espíritu es capturado o entra en el espacio del wenu mapu. De allí que el informe de la Comisión Trabajo Autónomo Mapuche (2006) identifique a los renü como espacios sagrados del territorio williche que se debe proteger.

Estos kallfü renü se encuentran asociados a espacios naturales donde la gente puede perderse sin dejar rastros: ojos de río, lagos o pantanos (menoko). En su mayor parte, estos sitios se asocian al amunkowe, el lugar donde van las aguas. Como hemos dicho, el desvanecimiento corpóreo se interpreta como una transformación a una condición espiritual. Es el caso de los ngen mapu, se trata de espíritus que se ubican en una posición liminar en el wenumapu, en los escalones o niveles inferiores de éste, próximos al nag mapu (Grebe et al. 1972). Si bien su naturaleza es espiritual, los define como habitantes de la tierra de arriba, su residencia habitual se encuentra en los espacios naturales donde se sitúan las puertas dimensionales. De acuerdo a la explicación vigente entre los creyentes, ellos han quedado “encantados” en esos lugares. Para las comunidades que les rinden culto, este sitio se transforma en un santuario, un espacio de veneración al que concurren periódicamente para renovar su compromiso de reciprocidad con los espíritus tutelares. Así sucede, por ejemplo, entre las congregaciones rituales de Maihue y Nolguehue, situadas en la comuna de Río Bueno. Todos los años, previo a la realización del Lepün, los ‘mayores’ de estas rogativas, como se denomina a sus autoridades rituales, se dirigen hasta la morada de los ‘Ngen mapu’, ubicadas en el entorno de sus respectivas comunidades. Este ritual preliminar tiene el propósito de anunciar la realización del ngillatun y propiciar su presencia en la ceremonia. En el entorno del santuario toman una ramita de laurel que instalan en el rewe y a la que brindan un especial tratamiento ritual, a través de ofrendas y oraciones. Ella se considera la representación del espíritu tutelar.

Tanto por la vigencia del culto a los espíritus titulares como por la disposición de espacio ritual, Maihue y Nolguehue constituyen casos ejemplares para el estudio de este sistema religioso. En ambos sitios, la morada de los ngen mapu son componentes de complejos religiosos, integrados por los cementerios (eltuwe) y los ngillatuwe (canchas de ngillatun). La suerte de éstos es bastante disímil. Mientras que el santuario de Juanico ha sido declarado recientemente Monumento Histórico Nacional, la morada de Kintuante se encuentra amenazada por las obras de embalse de la Central Osorno de la Empresa Hidroeléctrica Pilmaiquén. La recurrencia de los rasgos de estos sitios muestran patrones de organización simbólica del espacio propios de la cosmovisión mapuche. En ambos, los renü se encuentran en las proximidades de los cementerios de las comunidades, situados en dirección al amunkowe, el movimiento de las aguas que se desplazan hacia los ríos Muticao y Pilmaiquén en busca del mar. Una vertiente que acumula las aguas de Nolguehue conduce hasta la casa de Juanico. El afloramiento de agua desde las paredes de una quebrada marca la morada de Kiltuantü y Kilenwentru.

En estos lugares, el paisaje sagrado coincide en la escenificación del principio de dualidad. El sitio de Juanico está formado por dos pequeñas caídas de agua sucesivas, que en años lluviosos producen pozones al interior de los cuales se desarrolla la acción ritual. Las paredes de la pendiente socavadas por la acción de la vertiente es el receptáculo de las ofrendas y oraciones. Los visitantes pasan a anunciar su presencia en el primer espacio, antes de bajar a la residencia de Juanico, ubicado en el segundo trayenko. En Maihue, el espacio sagrado está habitado por espíritus hermanos: Kilenwentru, quien oficia de médico mapuche, al que se acude para atender las enfermedades, y Kintuantü, ngen mapu, encargado de velar por los intereses de la comunidad. Sus renü son en pequeñas cuevas labradas por la acción del agua que se filtra desde las paredes de una cañada, flanqueda por quilantales que protegen y dificultan la entrada, rodeadas de nalcas que ornamentan su jardín, que cae hacia las terrazas del Pilmaiquén. Su piso hace las veces de bandeja para recibir los alimentos que los oficiantes rituales ofrendan a los espíritus.

El culto mantenido por los mayores de la rogativa de Maihue muestra de manera ilustrativa los principios de ritualización del ngen rüpu. Dicho de otro modo, expone los requerimientos y cuidados necesarios para visitar al ngen. En esta comunidad se realizan anualmente dos lepün. El primero de ellos a fines de diciembre, el segundo a mediados de enero. Una vez que se ha concordado el calendario ritual, los encargados visitan al ngen para “hacer el anuncio”, en el que se le informa de las fechas fijadas para la realización de las rogativas, cuando volverán hasta su morada “para sacar el lepün”. Antes de bajar, los oficiantes se sitúan en un mirador ubicado arriba del renü para realizar una oración, regar muday y pedir permiso para su entrada. Hasta la casa del ngen pueden ir sólo personas autorizadas, escogidas por su compromiso de fe en el espíritu. La regla local impide el acceso de mujeres. Los mayores inician el descenso llevando muday y murke (harina tostada), para alimentar a los espíritus. El camino se encuentra oculto entre una vegetación, que impone dificultades al acceso. Con las rodillas en el barro, caminando en cuclillas para abrirse espacio entre la quila, se accede a la casa de Kilenwentru, que marca la segunda estación en este viaje espiritual. Es el momento de desplegar oraciones y solicitudes a este médico ancestral y preparar el encuentro con Kintuantü. La tercera estación se sitúa unos metros más allá, en el ‘palacio’ del ngen mapu, como califican a este espacio los peregrinos. Entre ruegos propiciatorios, ofrendas y libaciones, los visitantes le comunican su propósito al espíritu tutelar. Tras gastar en él los alimentos y presentar sus solicitudes, piden permiso para retirarse y su ayuda para encontrar la salida. En el camino de regreso pasan a despedirse de Kilenwentru y se remontan hasta el punto de inicio de la actividad ritual para realizar las oraciones de cierre. Es la cuarta estación del circuito ritual.

El día del primer ngillatun, los mayores concurrirán acompañados de la banda de rogativa hasta las inmediaciones de la morada del Kintuantü. Los músicos esperarán en el mirador, mientras los oficiantes realizan el descenso hasta el espacio sagrado, siguiendo el protocolo ya descrito. En esta ocasión, van a buscar el ‘caballito’, como denominan a una rama de laurel que toman de este lugar para llevar hasta el rewe, la que representa el espíritu de Kintuantü. En la casa del ngen escudriñarán las señales que les indiquen el porvenir. Por el canto del chucao macho sabrán si son bien recibidos. Por la cantidad de agua que brota de los renü conocerán si el año es seco o pluvial. Los desmoronamientos de tierra predecirán las muertes en la congregación ritual. La presencia de quila seca en las inmediaciones señalará tiempos de hambruna. Tras conversar con los espíritus para presentarles sus solicitudes e invitar a Kintuantü a la rogativa, los mayores vuelven hasta el punto donde esperan los músicos para sacrificar un cordero y regar con la sangre al ‘caballito’. Luego se dirigen caminando al ngillatuwe para dar inicio al lepün con su ingreso al campo ritual. Concluida la ceremonia devolverán la rama sagrada a la morada del espíritu tutelar.

Aunque con variantes, las prácticas rituales propias del culto a los ngen mapu mantenidas en otras comunidades muestran similares patrones. En su proceder, el ngnen rüpu se revela como el camino del conocimiento que los kamaskos deben recorrer cada vez que realizan sus rogativas, en búsqueda de los espíritus ancestrales. Es la senda de la historia que reproduce las formas expresivas cultivadas por los abuelos, que los comuneros revisten de sentido a partir de los códigos actuales. Allí son socializados los miembros de las nuevas generaciones para seguir una huella que en ocasiones se difumina.

A través de la etnografía multimedia y el trabajo de arqueología de los símbolos que nutren a este hipertexto intentamos recuperar su impronta, de modo de contextualizar las acciones significantes en el marco cultural de origen y hacer, con ello, un pequeño tributo a la memoria de esta tierra.

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