Arabia enamora. Le pasó a T.E. Lawrence y puede sucederle a cualquier viajero del siglo XXI dispuesto a dejarse seducir por lo diferente, a olvidar, al menos por un momento, los titulares sensacionalistas y sin leyendas de incienso, desiertos y camellos. De Omán y Yemén a los Emiratos Árabes Unidos, pasando, claro que sí, por Kuwait, Qatar y Arabia Saudí, aún reticente a enseñarle al mundo sus maravillas naturales y culturales (que allí tienen a la hermana gemela de Petra, Madain Saleh, otra ciudad nabatea casi desconocida).

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