A través de toda la Escritura se puede reconocer un hilo conductor en la historia de la salvación, Dios no nos salva aisladamente sino colectivamente. El escogió un Pueblo y lo formó a través de la historia. La Iglesia primitiva pronto se sintió identificada con el nuevo Israel de Dios e hizo suya esa alianza nueva y definitiva con la sangre de Cristo, se entendieron a sí mismos como la Asamblea de los llamados; la Ekklesia.
Dos mil y tantos años después las cosas han cambiado. Hoy pretender ser parte de un pueblo escogido y privilegiado parece no ir acorde con la búsqueda de justicia e igualdad y el fuerte sentido de pertenencia que a través de la historia ha salvado a este Pueblo pareciera quedar ahogado y diluido en medio de una espiritualidad universal donde todo es lo mismo... pero, ser parte de ese "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 Pe 2, 9-10) no es cualquier cosa y cualquier católico que haya meditado un poco acerca de su fe se ha dado cuenta de lo difícil que es ser católico hoy en día, que la presencia real de Cristo en la eucaristía y la devoción a María nos hacen únicos. Esto de ninguna manera representa superioridad, solo implica una gran responsabilidad y un gran servicio al Reino de Dios que queremos construir. No existiría un Pueblo de Dios si la humanidad no se hubiera fragmentado y enfrentado unos con otros. Es nuestra labor trabajar por esa unidad pero no a costa de nuestra identidad.
En tiempos difíciles nace este trabajo musical, para recordar que somos millones de católicos, trabajadores que día a día damos la vida por nuestras familias, por nuestra patria y por nuestra fe, que según Pablo en un cuerpo unido no existe el lujo de no sufrir con el caído pero si el privilegio inmerecido de celebrar juntos la Eucaristía, para recordar que al igual que Israel y la primitiva Iglesia no somos un pueblo simbólico, abstracto, unido invisible y espiritualmente, sino uno, unido física, material y espiritualmente, real, divino pero humano, que actúa en la historia y que en su debilidad refleja la fuerza y el poder de un Dios que sobre todas las cosas es: Abbanuestro.
La autoconciencia de Israel como pueblo elegido lo llevó a través del desierto y conservó su fe en medio de la tribulación. De igual manera nosotros como Iglesia hemos llegado hasta aquí. No olvidemos lo que somos, con nuestras frentes en alto no disimulemos la realidad aunque por ser un misterio no la entendamos completamente, ¡QUE SOMOS EL PUEBLO DE DIOS!
A este Pueblo con infinito amor y humildad se dedica este trabajo.
Que cuando nos pidan la razón de nuestra esperanza podamos con amor y alegría decir que: ¡en Cristo Jesús y bajo el amparo de María...Católico Soy!
Son by Four

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