Sasha Paola
Este es un audividual preparado para la clase de Fotografía Documental del programa “Certificado de Fotografía Profesional” de la Universidad Tecnológica Centroamericana, UNITEC, en Tegucigalpa, Honduras.

No es fácil ser transexual en ninguna parte. Aun en las sociedades más abiertas, aceptar que el sexo genético no coincide con el sexo con que la persona se identifica puede ser un proceso muy difícil y doloroso. Todavía más difícil es asumir el rol social del género opuesto al biológico abiertamente.
Pero en Honduras, el costo puede ser la vida.

En los últimos tres años se han documentado 71 muertes violentas relacionadas con la comunidad LGTB. Organismos de Derechos Humanos internacionales han solicitado al Gobierno de Honduras tomar medidas al respecto, pero la violencia no se ha detenido.

La prensa local tampoco ayuda mucho: en febrero pasado “La Tribuna”, uno de los diarios más importantes de Honduras publicó dos muertes violentas que ocurrieron en la misma semana en dos ciudades diferentes utilizando la misma fotografía y el lenguaje se puede calificar, al menos, de inadecuado.

Sasha Paola es una transexual que a los 13 años decidió asumir el rol social de mujer con el que siempre se había identificado, comenzó a vestirse en forma femenina, usó pelucas hasta que le creció el pelo. En esa época huyó de su casa a la ciudad de Guatemala, donde permaneció por casi dos años trabajando en las calles. Volvió, terminó el secundario, ingresó a la Universidad para estudiar abogacía, pero tuvo que abandonarla por la discriminación que sufría y su difícil situación económica. Profesores de derecho (con qué derecho?) no le dificultaban ingresar a la clase.

Hoy tiene 23 años, vive en una “cuartería” en Nueva Suyapa, considerado uno de los barrios más pobres y violentos de Tegucigalpa, donde ni la policía ni los bomberos entran y las calles de acceso son patrulladas por el Ejército. El barrio se extiende hacia arriba, por la ladera de la montaña, en callejones estrechos, de no más de dos o tres metros de ancho, en parte convertidos en escaleras, en parte senderos de piedras. Las construcciones son precarias y son habituales los deslizamientos de tierra en las temporadas de lluvias. Siempre me pregunté cómo harían para subir por esos caminitos angostos y escarpados una refrigeradora o una cocina. Descubrí la respuesta: no los suben porque no tienen.

En su cuarto entra la luz por una ventana pequeña, sin vidrio, cubierta por una puerta vieja cortada en dos. Esta impecablemente limpio, arreglado prolijamente. Sus zapatos y carteras cuelgan de un alambre en la pared. En una mesa pequeña, hay una lámpara, un vaso, una tasa y algunos otros utensilios. Nada más.
Sasha se ha esforzado por dejar la calle. Ahora trabaja en una organización de ayuda a transexuales. Ella no eligió ser transexual pero eligió vivir con dignidad, con orgullo y honestidad la identidad sexual con la que nació. La violencia, el machismo, la discriminación que sufre a diario no impide que ella sea quien es.

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