La violencia contra las mujeres es un problema social que, a lo largo de la historia de la humanidad, se ha naturalizado y arraigado culturalmente. Se vislumbra entre nebulosas ese placer de ir disecando lentamente el espíritu femenino creando un nivel extremo de dependencia; es un trabajo cotidiano que requiere de un sutil tratamiento sádico y amoroso, en el que la desvalorización, la amenaza y el sometimiento son sus principales ingredientes.

El agresor no siente dolor ni remordimiento por el daño que inflige, siempre piensa que ella se lo merece por haber trasgredido alguna de sus múltiples reglas de conducta, y el juego del gato y el ratón se sucede continuamente hasta lograr que su víctima (esposa, amante, compañera) crea que se lo merece, y acepte y justifique el mal trato.

Lamentablemente cuando la labor de destrucción de la auto-estima de la mujer está completada, el misógino se vuelve impaciente e intolerante y la desprecia acusándola de que lo enfadan sus lloriqueos, su falta de arreglo personal y su actitud derrotista y cobarde, a lo que sobreviene la amenaza de buscarse a otra que realmente lo satisfaga y que sea mejor en todos los aspectos, los insultos previos van calando en ella un gran hueco por donde escapa la esperanza de salvación; aman y temen al causante de su dolor, desean escapar y al mismo tiempo sienten que sin él no son alguien que valga la pena amar. Creen que sólo él puede amarlas y por eso aceptan cualquier tipo de castigo que les dé, por eso muchos casos de abuso físico no son denunciados.

La constante crítica mina la auto-estima de la mujer más fuerte, convirtiéndola en un guiñapo humano que agradece a "su hombre" la generosidad de amarla a pesar de todas sus imperfecciones, sin caer en conciencia de los efectos devastadores de esta enfermiza y desvirtuada concepción del amor.

En "No me dejes", se toma como punto de partida una canción de Jacques Brel, "Ne me quitte pas", popularizada como una de las canciones más romanticas de todos los tiempos; irónicamente nos deja ver como cuán instalada está la concepción colectiva de que el amor debe ir asociado inexorablemente al sufrimiento, la angustia y a la entrega ciega en la que todo es válido. Muchas mujeres, prefieren ocultar y "maquillar" las agresiones recibidas por parte de su victimario, por miedo al abandono de esa persona que, aun hiriendola es tan necesaria en su vida cual una especie de droga.

Urge volver la mirada a todas las clases sociales, por que este tipo de situaciones no distingue estratos, razas, ni religiones y cada día se cobra de millones de mujeres la vida emocional y psicológica, siendo de esta forma legalmente asesinadas por sus victimarios; pues la misoginia es un asesino silencioso y lamentablemente "mientras no hay cadáver, no hay crimen"

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