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Texto por Sheila Torres

- ENTRE SOMBRAS

En el año 2010, ante la escasez de recursos y de servicios sociales apropiados, un grupo de personas vio su existencia abocada a malvivir en pequeñas chabolas en una hosca zona apartada del centro de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife.

Apenas dos años más tarde, el número de personas sin hogar en esta y otras áreas de la capital chicharrera se ha multiplicado. Los despidos, los desahucios y la falta de opciones que han sufrido familias enteras en todo el país han acusado esta situación y han condenado a muchos a la exclusión social.

Estas personas viven en estrechos habitáculos sin luz ni agua corriente. Dicen haberlos construido para evitar una vida en el albergue municipal que consideran un lugar desapacible con una disciplina carcelaria donde no tienen libertad ni intimidad, aunque agradecen su servicio y hacen uso de él para el aseo personal.
Con techos de tablones y lonas plásticas, sus pequeñas chabolas están cuidadosamente adornadas. Algunos han traído muebles de sus anteriores viviendas o los han recibido de los vecinos. Unas largas cortinas de colores cubren sus paredes y hacen más acogedor el lugar.

Muchos salen cada mañana con la esperanza y el currículo bajo el brazo. ‘No hay trabajo. ¿Cómo levantas cabeza? Sin trabajo, no levantas cabeza’, afirma Eleuterio (Yeyo), residente de la zona. Asegura que su condición de sintecho genera inevitables prejuicios que les cierran aún más las puertas a la hora de conseguir un trabajo. Yeyo nació en Santa Cruz y trabajó durante 21 años para distintas empresas españolas. Un día decidió emprender su camino en los negocios y montó una tienda de electrónica. Las cosas fueron peor de lo que esperaba, los pagos se le echaron encima y tuvo que cerrar. Hoy en día conserva la deuda con el banco y no puede cobrar ayudas ni prestaciones hasta que no la salde. En esta coyuntura afirma que su familia ya le ha ayudado bastante y que no le quedan más opciones que su pequeña chabola, en la que vive con su mujer, Mar. Allí reciben alguna ayuda de vecinos solidarios y organizaciones que se acercan a echarles una mano y esperan algún día firmar un nuevo contrato de trabajo y así poder cambiar su situación.

Todos esperan encontrar una salida a pesar del rumbo que lleva el país. Mientras tanto, consiguen algo de dinero a partir de la venta de artículos de segunda mano o de ayudar a aparcar coches en distintas áreas de la ciudad. Las soluciones que les proponen desde el ayuntamiento son provisionales y, según dicen, se escuchan rumores que condenan al que ha sido su hogar durante meses a desaparecer.

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