Cuentan las historias medievales que los valles estaban poblados de criaturas misteriosas y que escondían diarias sorpresas. Los medievales eran gente supersticiosa, muy dados a dejarse llevar por la oscuridad del miedo. Mucho después los ingleses descubrieron el mundo y todos sus rincones (incluso los rincones en donde los pingüinos pasan frío) y nos dejaron sin valles encantados. Desde entonces no nos ha quedado ya más remedio que aceptar que los valles han perdido el encanto, y la sorpresa. Sin embargo, muy de cuando en cuando, quizá poseídos por un extraño ataque de miedo (inquietud, más bien), y por la curiosidad que producen los barrancos, las nieves y las nieblas, nos dejamos caer por estrechos pasajes en los que toman sentido las palabras de Baudelaire en su himno a la Belleza ("Que tu viens du ciel ou d'enfer qu'importe!"). La belleza aparece entre los estrechos muros de piedra que más parecen bloques de hielo. El valle, entonces, recupera el encanto de viejos tiempos. La inquietud de la estrechez y del declive se mantiene durante todo el pasaje, y se libera de golpe en un último salto que te devuelve de nuevo a una pista, metáfora ya de un mundo sin encanto, en el que uno sueña ya con volver al cañón, al valle encantado...

Loading more stuff…

Hmm…it looks like things are taking a while to load. Try again?

Loading videos…