La honra se recibe, no se exige. La vara de Aarón reverdeció porque tenía el llamamiento de Dios. Cuando Dios llama, Él hace reverdecer la vara de tu llamamiento. No hay que pelear por un ministerio, pues todo aquel que disputa por un llamamiento es porque no lo tiene. El que es llamado simplemente recibe la honra, y dice: «Yo no me llamé a mí mismo, el Padre lo determinó». A veces andamos como el que está pidiendo permiso y tiene que dar explicación a la gente. ¡NO! Tú tienes que tener seguridad de quién te llamó. Lo que Dios no quiere es que tú uses mal esa autoridad, para hacer daño, sino para edificación, que tengas la certeza de que Él te llamó.

Por eso, a mí, personalmente, me ministra como Pablo empieza, casi todas sus epístolas, diciendo: “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios…” (…) Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, (…) Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos), (…) Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad…” (1 Corintios 1:1; Romanos 1:1; Gálatas 1:1; Tito 1:1). Y cuando tuvo que defender su ministerio apostólico, lo hizo con una santa dignidad, sin ofender o estropear a nadie, sino diciendo:

“… por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Me he hecho un necio al gloriarme; vosotros me obligasteis a ello, pues yo debía ser alabado por vosotros; porque en nada he sido menos que aquellos grandes apóstoles, aunque nada soy. Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros” (2 Corintios 12:10-12).

Pablo estaba seguro de quién era en Dios, tenía confianza en el amor del Padre, pero también certeza de que Dios lo llamó. El que no tiene la convicción de su llamado andará siempre con doble ánimo, oscilando y retrocediendo. Por el contrario, no hay nada más poderoso que un hombre convencido de su llamamiento.

Es importante que recuerdes cuando Dios te llamó, pues hay momentos en que el diablo viene a ti, no a decirte: «Si eres hijo de Dios…», pues quizás tú tienes esa seguridad en tu espíritu, pero sí a preguntarte, como cuestionaron a Jesús: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te dio esta autoridad?” (Mateo 21:23)» Seguramente, él te cuestionará y te traerá a memoria tus fracasos, las veces que te has equivocado, de la forma en que te han tratado aquí, allá; tratará de infiltrar dudas en tu corazón en cuanto a tu relación y función en la iglesia, y en cuanto a lo que tú eres en Dios. Pero cuando tú sabes que fuiste llamado, dirás: «¡No, yo no tomé esta honra, Dios me la dio! ¡Yo no me glorifiqué a mí mismo!, a mí me glorificó Dios, como glorificó a Aarón cuando hizo reverdecer su vara, así hizo reverdecer mi vida»

Predicado
Noviembre 21, 1999

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