Acabo de vivir un verano muy extraño, el más extraño de mi vida. Acá, cada tarde (y cuando digo "cada" es sin excepción desde hace 3 meses) caen unas trombas de agua de las de salirse en lancha a la calle. Son ricas, porque no son frías, son aguaceros que limpian lo inlimpiable que es toda la porquería que flota y soterra esta ciudad.

Todo ello acompañado de rayos que milagrosamente no caen en las cabezas de la gente (al menos que yo sepa) y truenos que me cambian de lugar los bolígrafos de la mesa (no es coña) y que te hacen temblar el pecho.

Hace algunos días también me enteré de que hay zonas de la ciudad donde la gente ha de rehacer sus hogares después de cada verano por causa de estas tormentas...

Hoy la he aprovechado para darme una ducha.

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