1. Me pregunto cuándo me he acostumbrado a la niebla, a la lluvia y a las tormentas. A las nubes. A la luna. A la oscuridad. A la noche. Me pregunto qué cabe esperar de un ser capaz de no sucumbir al horror de una cúpula que cambia de aspecto y humor a su antojo. Me pregunto qué se puede esperar de alguien que corre en busca de cobijo cuando el mundo decide flagelarse con toda su ira. Me pregunto qué se puede esperar de una criatura condenada a vivir sin que nadie llegue a conocerle. Me pregunto qué se puede esperar de quien cree que resucitará de entre los muertos. Me pregunto qué se puede esperar de quien no ve más allá de la muerte. Me pregunto qué se puede esperar de quienes creen haber puesto punto y final a la eternidad al haber sobrevivido durante generaciones a las amenazas del creador que ellos mismos se han inventado.

    Siempre que viajo recuerdo otros viajes, como si mi mente se empeñase en desplazarse a otro lugar distinto al que se le ofrece. He recorrido kilómetros y kilómetros pero, a la hora de la verdad, apenas recuerdo un puñado. Quizás ni eso. Como ahora mismo. Viajo con las sensaciones que experimentaba en aquel otro viaje, sin ni siquiera estar seguro de su verdadera existencia. Es probable que me lo inventase todo entonces, tratando de escabullirme de aquel trayecto. Puede que recrease el recorrido de otro, interiorizando la añoranza atávica de los grandes mitos que acaban convirtiendo su amado punto de partida en ansiado punto de retorno. E hilvanando memorias propias o ajenas, reales o ficticias, se alcanza una meta que en nada difiere de otras metas. Nuevos paisajes, nuevos climas, nuevos rostros, nuevas voces, nuevos gestos: todo es igual, todo es lo mismo. Avanzamos a lo largo de una espiral más o menos amplia en la que, con cada paso, confirmamos las limitaciones que forzosamente tendrá nuestro camino. En mi cabeza apenas permanecen trazas de todo lo que he visto, escuchado, leído y sentido. Vacíos, ecos, vanidades, impudicia. Todo afán es apariencia. Las pasiones se pudren convirtiéndose en sus opuestos, haciendo del aire una masa sólida e intransitable, mientras las pulsiones arden en una pira alimentada de abandono, renuncia y fracaso.

    Acostumbro a amenizar el recorrido con la elaboración mental de una lista con todo aquello que considero indispensable para vivir. El ritual siempre se desarrolla bajo los dogmas de una liturgia tan absurda como cualquier otra: compongo una larga relación de elementos y, cuando descubro que me repito (e incido en esta condición porque es muy probable que me repita durante horas antes de tomar conciencia de ello), procedo a descartar todo aquello que incumple la premisa original. Una vez cada elemento ha sido minuciosa y sistemáticamente discutido, atendiendo a la amplia variedad de criterios que se me puedan ocurrir en el momento, mantengo cierta tendencia a conservar el agua aunque, al instante, avergonzado por tan recurrente y torpe intentona de engaño, me centro en seguir procurando aquello que verdaderamente resulte indispensable para prolongar voluntariamente la existencia, no para satisfacer las necesidades de un organismo en permanente decadencia.

    Alcanzado este momento, sucede lo inevitable, y se desvanece la tenue fantasmagoría con la que pretendía matizar la desazón engendrada en la inseguridad del origen, el destino, el acto y el deseo. La culpa de la incertidumbre y la incertidumbre de la culpa. La culpa como status, como vínculo esencial con la propia vida, como demiurgo de su (ausencia de) forma y sentido, como virus capaz de soportar periodos de latencia tan prolongados que bien podrían confundirse con el olvido o el perdón cuando, en realidad, sólo precisa de una leve mutación de cualquier elemento colindante para resurgir de lo que nunca fueron sus cenizas. Como una grieta irreparable, la culpa se abre entre el pasado que no parte y el futuro que no llega, orientando la mirada al pedregal labrado con empeño por la corriente de un río en época de lluvia, antes de evaporarse y secarse como un músculo viejo que sólo deja tras de sí el convencimiento de que una vez pudo resultar útil.

    La idea de una culpa persistente tras la muerte, adherida como carroña a la piel, privada del secreto recaudo proporcionado por la opacidad de la carne y la resistencia del espíritu, eternamente expuesta a todos aquellos que nos acogían por creernos distintos y ahora nos desprecian por ella, resulta sin lugar a dudas el catalizador definitivo para el deseo de vivir. Sin tormento semejante no tendría lugar la redención y, por lo tanto, tampoco la enfermiza necesidad de prolongar una existencia que permita albergar la esperanza de alcanzarla en un momento postrero. Se vive para, algún día, ser mejor y más puro, más digno de aquellos a los que creemos merecedores de toda dignidad, incluso cuando ese aquellos no sea más que lo que vemos de uno mismo. Se vive para dejar de sentir el llanto aferrado a la nuez seca y las lágrimas empantanadas en los ojos, para dejar de escupir recriminaciones arrancadas en voz baja a una condena desbordante. Vivimos para salvarnos del remordimiento. Sin embargo, las sombras atenazadoras auspiciadas por la salvación y sus rudimentos permiten dormir, pero no repararse. Penetran en lo más hondo de la mente y lo corrompen todo, como una incontenible descalcificación del ánimo provocada por la angustia ante lo incierto de la forma que adoptarán nuestras miserias en un más allá que, por su fría luminosidad y abstracta blancura, refleja una imagen temblorosa, amparada en los últimos estertores de la llama agonizante de una vela derretida. No es extraño que sobrevenga entonces la tentación de considerar la otra vía, mucho menos exigente y tortuosa, en la que sólo se requiere la aceptación de la muerte como una opción liberadora que nos permitirá hundir el lastre en un río negro antes de integrarnos en un todo cuya esencia es la contemplación y alabanza de sí mismo. Un magma de pureza libre de espacio, tiempo y temor en el que cesarán los apestosos fluidos corporales. Todo se habrá transfigurado, todo se habrá mezclado. No habrá madres, ni padres, ni hijos, ni hermanos, ni amigos, ni amantes. Nadie a quien tocar, nadie a quien amar, nadie a quien odiar, nadie a quien desear. Nadie que nos castigue, nadie que nos perdone. Nadie que nos recuerde. Sin rencores, sin más pensamientos que los propiciados por el perfecto discurrir de un ciclo divinamente ilimitado. Nada. Nadie. Sólo luz y espíritu. Sólo el ser, el ser solo. La esencia de la esencia. Seremos luminosos para, con el fulgor de nuestra radiación, plegarnos hasta conformar figuras de origami que sirvan de gloriosa inspiración a místicos y poetas. No más penurias. Nos habremos vaciado de culpa. Nos habremos vaciado tanto que ya ni siquiera podremos decir qué es lo que antes nos llenaba ni dónde nos hemos vertido. Nos habremos vaciado tanto que ya será imposible volver a llenarse. La purificación del tránsito nos habrá redimido. Nos habremos vaciado, eso es todo. Sin más. Eso es todo. Vida extinguida, culpa extirpada, espíritu exaltado. Nunca más seremos nosotros: seremos lo eterno. Y también, por fin, seremos salvados. Sirva eso para lo que sirva.

    # vimeo.com/20988525 Uploaded 267 Plays 0 Comments
  2. 2010, Curtametraxe de animación // ShortFilm Animation

    Once upon a time there was a house by the sea. A big house. A big, strange house. A big, strange, old house. Once upon a time there was a big, strange, old house by the sea.

    Habia unha vez unha casa ó lado do mar. Unha casa grande. Unha casa grande e estrana. Unha casa grande, estrana e vella. Habia unha vez unha casa grande, estrana e vella ó lado do mar.

    # vimeo.com/17534966 Uploaded 202 Plays 0 Comments
  3. Sónar 2010 - A Coruña
    02:01 AM
    Featuring Mr. S.

    Credits:
    Javi Álvarez
    Benjamin Carter

    # vimeo.com/14765312 Uploaded 80 Plays 0 Comments
  4. 2007, Visual Poetry

    The Bike is a way of being, of moving, of gyrating, of ascending and of descending. A manner of transporting our systemic way of being through the welding to its structure by means of an absolute abstraction to all which crosses our path at that instant in time. The mere fact of riding the bike involves the acceptance, becoming at one with a secondary force capable of helping us to travel along the pathways, (internally and externally) of which the Routine cuts deep grooves upon life’s surface. The mere fact of propelling the pedals signifies the assumption of its indispensibility when confronting any individual initiative. That’s why it is always available. Always. At the right time, at the right place, without fail, precise like a clock mechanism. That’s where the Routine starts, the bike turns out to be necessary. And, hence, it shows up. For whoever and no-one. Being part of our lives. Of our Routine. And also of our more or less chromatic way of confronting it.

    The Bike es una forma de actuar, de moverse, de girar, de ascender y de descender. Una forma de transportar nuestra sistemática forma de ser mediante la fusión con su estructura a través de una absoluta abstracción de todo aquello apartado del camino que recorremos en ese momento. El simple hecho de montar la bicicleta supone la aceptación de una fuerza secundaria capaz de ayudarnos a recorrer (por fuera o por dentro) los senderos que la rutina perfila con trazos gruesos sobre la superficie de la vida. El simple hecho de impulsar sus pedales implica la asunción de su indispensabilidad a la hora de enfilar cualquier iniciativa individual. Por eso siempre se encuentra disponible. Siempre. En los lugares y momentos oportunos, sin fallar, precisa como un mecanismo de reloj. Allí donde se inicia una rutina, la bicicleta resulta necesaria. Y, entonces, ella aparece. Para todos y para nadie a la vez. Formando parte de nuestra vida. De nuestra rutina. Y también de nuestra forma más o menos colorista de enfrentarnos a ella.

    Producción: srMundo

    País: España
    Año: 2007
    Duración: 9:34.48

    Reparto:
    Mr Black: Abraham Castro
    Mr Blue: Miguel Tobar
    Mr Red: NathanJohn Carter
    Mr Orange a.k.a. The Man Who Wears
    Those Funny But Sad Clothes

    Guión y Dirección: Benjamin Carter, Juan Junquera
    Fotografía: Bertitxi Díaz
    Cámara: Belén Godoy
    Sonido: DF Vieites
    Ayudante de Producción Andrés Villasenín, Abraham Castro
    Dirección de Vestuario Nathan Carter

    # vimeo.com/9070615 Uploaded 401 Plays 0 Comments
  5. Del río de mi infancia emerge una niebla infecciosa en la que resuenan ecos de un griterío vacilante compuesto por nombres, chapoteos y cancioncillas burlonas. A, B. Crear, destruir. Los referentes han abandonado a sus siluetas, la materia se tambalea en sus propios reflejos, el espíritu se asfixia en los vómitos que provoca. El río de mi infancia se ha estancado. Huele mal. Dudo del aspecto que me devuelve esta superficie devorada por la maleza, agitada por los insectos. Me pienso y no me recuerdo, así que no tengo más remedio que suponerme. Mal asunto: imaginar me satura hasta el hastío.

    Tal vez no deba darle vueltas. Quizás no haya nada más allá de esta sombra que, en un acto instintivo no evolucionado, se arrastra desesperada por suelos y paredes a la procura del punto de ancla al que antaño se amarraba para justificar su existencia. Lo que sucede es que no puedo disimularlo: me repugna esa negación maniática de su nueva naturaleza autónoma, su dependencia rastrera de un autoimpuesto imperativo de ser, su irracional necesidad de una justicia de lo infinito capaz de hacerla eterna, su empecinamiento en someterse a un ritual mezquino por el que inútilmente se condena a la búsqueda de su origen fuera de ella misma, en lugares que hace tiempo quedaron vacíos.

    Intuyo que semejante consagración sólo puede fundamentarse en el temor al repliegue. Cuando la angustia obstruye los pulmones, el rutinario movimiento de expansión sin sentido resulta un lenitivo mucho más eficiente que la contracción de consecuencias tan sospechadas como temidas. Todo parece indicar que el abandono de la ceremonia desencadenaría un proceso de reducción, una condensación con límite en lo mínimo, y entonces brota el germen de toda esta doctrina: el punto. Crear, destruir. Una semilla. Un punto. Imposible no sentir terror cuando de ahí a la nada ya sólo media un universo.

    Todo parece indicar, todo parece empezar, todo parece terminar. Todo parece, incluso yo, que ni siquiera me reconozco porque nunca antes me he conocido. Todo parece, todo desaparece. Puede que un día la luz se cuele por la fisura en la que nos apelotonamos para respirar el aire que nos permite mantener el absurdo, y así se definan de nuevo los contornos y se evapore todo aquello que aparenta ser, con sus dudas e imprecisiones, revelándose al fin lo que es cierto. Entonces aparcaríamos el recurso a la premonición, a la trascendencia de saldo emanada de un más allá venido a menos, devaluado, olvidado a la vuelta de la esquina, para comprender de una vez que la realidad cuenta con un vasto muestrario de intenciones en el que todo está escrito y subrayado para quien considere necesaria su lectura. Crear, destruir. Una raíz, distintos propósitos, idénticas conclusiones. Qué magnífica sería la lucha por la asunción de un trayecto que se agota en sí mismo.

    # vimeo.com/10961488 Uploaded 198 Plays 0 Comments

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SrMundo is a non-profit association in defense of the seventh art! Guerrillas in the mist of the industry! The first piece "Sinceramente" (2006), was Official selection at the Short Film Festivals of Los Angeles and Budapest 2007 and recently at Rodinia…


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SrMundo is a non-profit association in defense of the seventh art! Guerrillas in the mist of the industry! The first piece "Sinceramente" (2006), was Official selection at the Short Film Festivals of Los Angeles and Budapest 2007 and recently at Rodinia 2009 in Spain. Other pieces include "Stephanie" (2006) only for Internet viewing, "The Bike" (2007) Official selection at Curtocircuito SCQ Int Short Film Festival Spain 2008 and in Cineuropa 08. "You look ridiculous in that Makeup" (2007), Official selection Filminho Film Festival, Portugal 2008 and at Encuentros 08, Spain.
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